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Hace un tiempo tuve una breve conversación, bastante tonta, con una persona que insistía en que un árabe no puede ser antisemita porque los árabes son semitas. Desde luego, eso equivale a decir que una persona sin armas no puede alarmarse (”¡al arma!”): confundir la etimología de una palabra con su significado actual. El antisemitismo es, básicamente y desde un comienzo (Wilhelm Marr y su “Liga por el Anti-Semitismo”) una postura contraria los judíos – concretamente, contraria a los judíos como pueblo, y a su influencia en las demás culturas.

El antisemitismo es una forma de racismo. Discriminar a un grupo de personas por ser judíos “estando en contra” de ellos por el motivo que sea, es algo fácil de condenar usando mi moralidad. Aparte de mi forma personal de modelarla, es algo explícitamente condenado en el humanismo.

El antisionismo, por el contrario, es otra cosa: Aquí se está en contra de una ideología. Nadie obliga a un judío a ser sionista, y de hecho algunos son rabiosamente antisionistas.

El sionismo surgió como el movimiento que apoyaba la creación de un Estado judío en Palestina. El mismo planteamiento sionista era en su momento nacionalista, y discriminatorio: No se trataba de crear un estado cualquiera, sino un Estado específicamente judío. Se entienda el judaísmo como una cultura, como una etnia o como una religión, en cualquiera de los tres casos se está impulsando un estatuto legal que diferencia “judíos” de “no-judíos”, y con ello impulsando algo contrario a los derechos humanos: La discriminación de los ciudadanos ante la ley, por sus creencias religiosas, su cultura o su origen étnico.

Más más INRI, el sionismo actual puede tomar dos formas: En una de ellas, defiende un Estado de Israel limitado a las fronteras de 1947, o al menos las de 1949 (también llamadas “fronteras de 1967″ por el año mencionado en una resolución de la ONU que exige la retirada a ellas). Semejante “sionismo” equivale a la preservación de Imperio de la Ley y el estado actual de la legalidad, con lo que se confunde con otras posturas políticas (como la mía) que no parten del nacionalismo pero defienden ese mismo retorno.

Pero otro sionismo, el claramente distinguible como tal, es el expansionista, el que defiende la ocupación de los territorios que en 1967 aún no formaban parte de Israel y que ahora deberían formar parte del Estado Palestino de acuerdo a los acuerdos de paz firmados por ambas partes. Ése sionismo no es sólo nacionalista y discriminatorio: es también imperialista.

A ese sionismo le conviene que confundamos antisionismo con antisemitismo. Que creamos que toda persona que se enfrenta al Estado de Israel es un racista, y a ser posible, que creamos que es nazi o fundamentalista religioso. No les hagamos ese favor.

Pedir Disculpas

Cómo se ha degradado una vieja costumbre.

El lugar: Una conversación cualquiera.

El momento: Despúes de que Fulano difamara a Mengano, y Mengano, con toda paciencia, le demostrara que la difamación era efectivamente errónea.

Fulano: Bueno, de acuerdo, lo siento.

Atención: A partir de este momento…

  1. La obligación de Mengano es agradecer a Fulano que se haya disculpado. Faltar a esa obligación es una falta grave de educación.
  2. Mengano debe inmediatamente pedir disculpas por haber acusado a Fulano de difamarlo, asi como por cualquier otra expresión que pueda haber ofendido a Fulano. No hacerlo significa que Fulano merece ser insultado o cosas peores.
  3. Cualquier mención futura de Mengano, de lo que ha hecho Fulano, del tipo que sea y en cualesquiera circunstancia, irá seguida de una acusación de “recnoroso” o cosas peores: “¿¡Ya me disculpé por eso, a qué viene mencionarlo ahora!?
  4. Si Mengano llega a contar a terceros lo que hizo Fulano, merece el odio eterno de este último.

Así son las cosas hoy en día. O al menos, es la impresión que tengo cuando veo algunas interacciones. Y no dejo de asombrarme de cuán bajo ha caído la vieja institución de la disculpa.


Analicemos de nuevo el asunto, desde una perspectiva ciertamente anticuada, “rencorosa” e indigna de hombres “magníficos” como Fulano:

1. Si yo cometo una falta u ofensa, entonces el otro tiene todo el derecho del mundo a responderme de forma fría, dura o destemplada. Bajo ninguna circunstancia deberá luego pedir disculpas por haberse comportado así, puesto que la culpa es mía por haberle ofendido.

2. Pedir disculpas es exactamente lo que el nombre indica: PEDIR algo. No significa que se le conceda a uno, eso uno tiene que ganárselo, y pedir no es suficiente mérito para obtener automáticamente lo que se pide (”Le pido un millón de dólares, y con eso ya he hecho méritos para que me los conceda… si no, es que es usted un malvado y un rencoroso“).

3. Y se trata de pedir dis-culpas, es decir, que se le quite a uno la carga de la culpa, que uno tiene por haber hecho algo malo. No signfica pedir el olvido. El ofendido tiene todo el derecho del mundo a volver a mencionar la falta cometida cuando lo considere oportuno y ante quien considere oportuno. El pasado no puede borrarse, y pedir disculpas no es pedir silencio eterno ni omertá.

4. Para que uno sea disculpado, pueden hacer falta diferentes cosas, y eso queda a discreción del ofendido. Uno puede, por supuesto, negarse a hacer lo que el ofendido exige. En tal caso, uno no queda dis-culpado y deberá cargar con su culpa. Todos cargamos con culpas, no es nada nuevo, y ser conscientes de eso nos debería hacer más humildes.

5. Pero entre los requisitos típicamente exigibles están los que indican que de la situación desagradable que se ha producido, se saque algo positivo. Y son:

5.1. Que el ofensor reconozca que efectivamente ha hecho algo malo.

5.2. Que indique su voluntad de no volver a hacerlo.

A falta de esos dos requisitos, es perfectamente esperable y normal que el ofendido se niegue a disculpar al ofensor, en cuyo caso éste, como dije, no queda disculpado.

Finalmente: “Le pido disculpas si le he ofendido” no es pedir disculpas. Es expresar la voluntad de pedirlas si resulta que uno ha ofendido, pero no implica que uno reconoce haber hecho nada malo ni la voluntad de no volver a hacerlo, asi que sirve como pregunta, pero no como petición de disculpas. Y si a uno le consta que ha ofendido y dice algo así, lo que está haciendo es intentar evadirse de su obligación de pedir disculpas, metiendo una cláusula que ya no viene a cuento.

A ver si recuperamos un poco más de civismo: Ofender es algo grave, y no debe hacerse a la ligera. Cuando uno ofende, debería estar convencido de poder defender la ofensa. Y si ofende sin razón, debería uno sentir verdadero arrepentimiento, y expresarlo asi, sin vanidades fuera de lugar ni echándole la culpa al ofendido por haberse ofendido.

Para mí son cosas de sentido común, pero visto el ambiente en algunas comunidades en la Red, creo que estas aclaraciones pueden ser necesarias o útiles para más de uno. Y mi solidaridad desde aquí con los ofendidos en la red que han tenido que vérselas con señores “magníficos” como Mengano.

Plan de Colonización. TOP SECRET.

Un “tránsito de la Tierra” es el paso de la Tierra frente al sol, desde el punto de vista de otro planeta. Evidentemente sólo puede ocurrir en planetas que están más allá de la Tierra en el Sistema Solar. El último “tránsito de la Tierra” fué en 11 de mayo de 1984. En 1971, el optimista Arthur C. Clarke predijo que para entonces ya habrían astronautas en Marte.

Una de las mejores obras que se han escrito sobre la colonización de Marte es “Trilogía de Marte”, de Kim Stanley Robinson. Ciencia-ficción “dura” (realista) con perspectivas interesantes de cada personaje, e ideas interesantes sobre el futuro de la economía y la sociedad, unida a un evidente amor al planeta mismo y a un buen número de datos científicos y técnicos sobre los problemas de la colonización y sus soluciones.

Sin embargo, en mi opinión, falla miserablemente en una premisa inicial: En la novela, tras un viaje a Marte de tres personas, se lanza un viaje de colonización. Cien (!!) personas son elegidas y mandadas a Marte, con todo el equipo, para comenzar la colonización. Con el tiempo, “los cien” se convierten en personajes semilegendarios de la futura población marciana.

La idea me parece naif. Consiero más adecuado el siguente esquema:

1. Misiones no tripuladas dejan los materiales necesarios para una futura misión tripulada.

2. Misiones tripuladas usan esos materiales.

3. Se repiten los pasos 1 y 2 un par de veces.

4. Misiones no tripuladas dejan los materiales necesarios para la creación de una estación permanente.

5. Misiones no tripuladas dejan no sólo materiales sino robots, que son activados y comienzan las operaciones necesarias para fabricar la estación permanente (aunque no la pueden fabricar sólos).

6. Misiones tripuladas y no tripuladas se van combinando. Las tripulaciones de la estación pasan un tiempo ahí y luego la “sellan” y abandonan. Las misiones no tripuladas permiten mantener y ampliar la estación.

7. La cantidad de misiones y naves hace posible que la estación esté permanentemente habitada, pero cada astronatua sólo se queda unos años. A partir de aquí podrían nacer los primeros marcianos.

8. Surge, de forma no controlada pero con permiso de las autoridades, la población de colonos, compuesta por habitantes de la estación que simplemente deciden no volver. A más tardar en ese momento nacen los primeros marcianos.

Es un esquema mucho más lento que el de cien personas que heroicamente aterrizan en medio de la nada y crean su estación… pero creo que es bastante más realista.

El próximo tránsito de la Tierra tendrá lugar el 10 de Noviembre de 2084. Creo que esta vez tendremos más suerte.

Aclarando una falacia habitual en entre creyentes.

En un aporte anterior hablamos de la diferencia entre expresión, concepto y objeto, y las relaciones entre ellos.  Lo mencionaré directa e indirectamente aquí, asi que téngalo un poco en mente al leer.

Ahora veremos un clásico argumento creyente, que curiosamente algunos ateos han acabado aceptando (algunos de ellos, convirtiéndose con ello al agnosticismo o incluso al teísmo).

Consiste en afirmar que los ateos “en el fondo creen en Dios“, porque “para negar a Dios, hay que admitir que existe, aunque sea como idea (= concepto)” y por tanto “al negar al Dios, afirmas Su existencia“.

Ahora que ya tenemos claras algunas cosas, podemos desmenuzar este supuesto argumento:

1. Dios no es la idea de Dios.

Viendo la definición de Dios (y en el DRAE sólo hay una, la primera acepción, el resto no se “Escribe Con Mayúscula Inicial”) vemos que es un ser supremo que patatín y patatán. Ok.

Lo que no es, es “la idea de un ser supremo que” patatín y patatán. No está definido así. Esta definido como “ser supremo“, y no como “la idea de” nada.

Hagamos una reducción al absurdo. Supongamos que admitimos que Dios estuviera definido como “la idea de un ser supremo”. Entonces, la frase “la idea de Dios” querría decir exactamente lo mismo que “la idea de la idea de un ser supremo”… ¿? ¿la idea de una idea? La substitución falla, y eso muestra demuestra, como hemos visto, que no se ha aplicado la auténtica definición.

Dios no es, por tanto, una idea. No porque exista, sino porque no está definido así.

Si Dios fuera una idea, existiría. Porque ¡qué duda cabe que la idea de un ser supremo que patatín y patatán… sí existe!. El concepto existe, como existe el concepto de hada. Lo que no existen, son las hadas. Y del mismo modo, existe el concepto de Dios… pero no Dios.

2. La frase “existe como idea” permite un galimatías.

A veces es muy importante la diferencia entre separar y no separar una expresión. La expresiones no se pueden separar a placer, como me enseñaron mis maestros hace mucho con el ejemplo de un actor que debía hacer de Watson y al entrar con Sherlock Holmes y ver una víctima, decir “¡Señor! ¡Muerto está! Tarde llegamos.“. Por no separar bien las expresiones, acabó diciendo “Señor muerto: esta tarde llegamos“.

La expresión “existe como idea” no se puede separar en “existe”. Cuando en español se dice que algo “existe como idea” lo que se quiere decir es que existe la idea. No que exista el objeto.

En el caso de Dios podemos ver esto con lo de antes: Si Dios “existiera, como idea” (noten la coma) entonces la idea de Dios sería la idea de una idea… eso no tiene sentido y no corresponde con la definición.

3. Si no cumple, no es.

Finalmente tenemos a los que nos dicen que Dios existe… lo que pasa es que no es el Dios judeo-cristiano, sino el Dios de Spinoza, o mejor aún, el de alguna oscura religión oriental. Y que como no conocemos siquiera ese concepto, mal podemos afirmar que no existe.

Bravo. Pero es que de dónde venga un determinado concepto, no altera ni una pizca de su significado. Dios tiene, en español, unas características definitorias. Una de ellas es ser hacedor (=creador) del Universo. Si X no cumple con ésa característica, simplemente ése X no puede llamarse Dios con propiedad en castellano.

Es posible que ése hecho (que no se puede llamar con propiedad “Dios” a, pongamos, el universo) sea producto de la cultura judeo-cristiana. O puede que no: creo que ni un mazdeísta ni Akenatón llamarían Dios al universo tampoco. Pero sea como fuere, no es problema nuestro. Si alguien quiere cambiar el lenguaje, adelante, que lo intente. Nada en contra. Pero mientras tanto, Dios significa exactamente lo que pone en el DRAE que significa. Porque para eso están los diccionarios, y más el diccionario estándar del español.

Y al revés: Si yo demuestro que no existe ningún creador del Universo, entonces estoy automáticamente demostrando que no existe ningún Dios, que Dios no existe. Porque para todo X…

  • O bien el concepto incluye que sea creador del universo, y por tanto acabo de demostrar que no puede existir.
  • O bien el concepto no lo incluye, y por tanto ése objeto, auqnue existiera, no cumpliría con el concepto y por tanto no podría ser expresado con esa expresión, “Dios”. Puede ser mi gato, o el universo, pero no Dios.

4. Y una de arena.

Cuando sí tienen razón los creyentes es cuando afirman que para ser ateo hace falta conocer el concepto de Dios. Efectivamente, para negar la existencia de Dios hay que saber qué se está negando, y por tanto, hay que tener en la cabeza un concepto de Dios.

Y en ese sentido, existen los ateos porque existe el concepto de Dios. Si no existiera, no seríamos ateos ni creyentes: seríamos agnósticos, todos. Personas que ni niegan ni afirman la existencia de Dios… en ése caso no podríamos ni concebir ninguna de las dos posturas, al no conocer el concepto de Dios.

Conceptos básicos para no liarse luego

En un discurso racional es necesario tener claras las diferencias entre expresión de algo, concepto de lo mismo, y el objeto mismo.

Veámoslo con una casa como ejemplo:

Diagrama que muestra la relación entre expresión, concepto y objeto para 'casa'.

Para empezar, “glopcho prito”, “fanuncio”, “hada”, “Dios”, “casa” y “Richard Dawkins” son en primer lugar, expresiones. Las acabo de escribir (=expresar). Cuando decimos “Dios tiene cuatro letras” nos referimos a la expresión “Dios”, que en castellano tiene cuatro letras. Cuando decimos “Richard quiere decir poder valiente” nos referimos a la expresión también, asi como cuando digo “me acabo de inventar glopcho prito para este aporte“.

Las palabras son una forma de expresión, asi que son expresiones.

Por otro lado, {hada}, {Dios}, {casa} y {Richard Dawkins} son también conceptos. Los conceptos son eso que tenemos en nuestra cabeza cuando pensamos en un hada, en Dios, en una casa o en Richard Dawkins. Tenemos una “imagen mental”, un tipo de proceso de nuestra mente. Los conceptos están en nuestra cabeza.

Vemos que sólo algunas de las expresiones que he listado tienen un concepto. No tenemos, en principio, una imagen mental asociado a “glopcho prito”. Tampoco a “fanuncio”. Eso se debe a que no hay ningún concepto asociado a ésas expresiones.

El concepto asociado a una expresión es su significado o sentido. La expresión es el significante de ése concepto. Una misma expresión puede tener varios significados. Cuando esto ocurre en un mismo lenguaje, se le llama ambigüedad, como en “banco” (¿de sentarse o de inversión?). También un mismo significado puede tener varios signficantes, como {marido}, que se puede decir “marido” o “esposo”.

“Glopcho prito” y “fanuncio” son entonces, expresiones sin sentido, o sinsentidos. Porque no tienen significado, es decir, concepto asociado. El resto de las expresiones que he usado, sí tienen sentido: hay un concepto asociado a ellas, y ése es su sentido.

Cuando en un lenguaje se define una palabra, lo que se hace es darle un determinado sentido, crear esa asociación. La definición da características. Por ejemplo, {hada} se define en castellano estándar como “Ser fantástico que se representaba bajo la forma de mujer, a quien se atribuía poder mágico y el don de adivinar el futuro“. Eso son un conjunto de características:

  • Ser un ser fantástico.
  • Representarse bajo forma de mujer.
  • Que se le atribuyan poderes mágicos.
  • Que se le atribuya el don de poder adivinar el futuro.

Ésas son las características definitorias de un hada. Porque son características, y están en la definición. Si nos imaginamos a un ser que, por ejemplo, aunque es fantástico, no lo representamos con forma de mujer (sino por ejemplo, con cabeza de toro y cuerpo de hombre), eso no es un hada, es otra cosa (concretamente un minotauro).

Pero el concepto de hada puede, por supuesto, tener más características, que no son las definitorias. Nos la podemos imaginar, por ejemplo, con un sexy trajecito verde (y asi nos la imaginaremos muchos de los que pasamos la infancia con el Peter Pan de Walt Disney). “Tener un sexy trajecito verde” es otra característica, pero no es definitoria: si se lo quitamos mentalmente (¡pervertido!), sigue siendo un hada.

Finalmente, están los objetos asociados a ésos conceptos. “Mi casa en el lago” no está en mi mente, tampoco Richard Dawkins. Son entidades reales, no sólo imágenes mentales nuestras. La relación entre concepto y objeto puede expresarse así:

El objeto cumple con el concepto si tiene las características defnitorias de ése concepto. Si un objeto realmente está ahí delante, y es fantástico (lo que en el fondo es contradictorio, si está ahí no es fantástico, pero dejemos eso), y tiene forma de mujer, y le atribuímos poderes mágicos y la el don de predecir el futuro… es un hada.

Claro… como está ahí delante, no es fantástico. Y por tanto no puede ser un hada. De lo que deducimos fácilmente que las hadas no existen por definición. Si existe, no es un hada.

Pero objetos que cumple con el concepto “casa” sí existen, y un montón. Eso lo decimos así: “las casas existen”. Y para representar esa relación entre un concepto y muchos objetos, podemos decir también que el concepto incluye cosas como ése objeto de ahí… eso… ésa casa. El concepto de “casa” incluye ése objeto, y por tanto ese objeto “es una casa”.

Finalmente: Como un concepto, expresado por una expresión, es igual a la definición de esa expresión, siempre podemos usar esa definición donde antes usábamos la expresión. La frase no cambia de significado. Un ejemplo: Si “hada” fuera (simplifiquemos) “ser mágico con forma de mujer”, entonces la frase…

María se vistió con un traje de hada

…significaría exactamente lo mismo que…

María se vistió con un traje de ser mágico con forma de mujer“.

 En realidad habría que poner toda la definición, pero dejemos eso a un lado.

El caso es que en ambos casos, el significado de la frase es el mismo. Esto tiene necesariamente que ocurrir. Si no ocurre, es que no se ha substituído el concepto por su definición, sino por otra cosa.

En el próximo aporte usaré otro ejemplo que nos afecta más: Dios y su existencia.

Una versión anterior de este aporte puede encontrarse aquí.

Consideraciones Conservadoras

“Es preferible la injusticia al desorden, // decía el abuelo al abrocharse el uniforme.” (DefConDos, “Ultramemia”)

Esta parte de la excelente canción del grupo radical izquierdista “DefConDos”, cuyas letras a veces he admirado profundamente, describe la actitud normal de esta postura política ante un dicho que en tiempos era habitual.

Los que defienden la injusticia por encima del desorden, viene a decir esta crítica, lo que en realidad hacen es defender el orden existente de forma autoritaria. Están dispuestos a que la injusticia prosiga indefinidamente, porque su alternativa es el “desorden”. Y están dispuestos a asegurar ése orden concreto con injusticia, y por tanto, con herramientas autoritarias si hace falta.

Sin duda es una lectura acertada en muchas ocasiones.

He visto también responder a conservadores usar en su defensa el argumento de que “el desorden crea más injusticias que las que pretende resolver“, y he visto cómo se usaba hipócritamente precisamente con las intenciones que he mencionado arriba.

Pero no por ello deja de ser, en muchas ocasiones, cierto.

El desorden, el caos, puede acabar creando una cantidad espantosa de “injusticia”, de mal. Si el historial autoritario está lleno de regímenes espantosamente criminales, el historial revolucionario no está menos lleno de guerras civiles igualmente espantosas, y en muchas ocasiones, de un final abrupto autoritario, combiando ambos males: el del caos primero, y el del autoritarismo después.

Observando eso, creo que hay también muchos consevadores honestos que cuando dicen que “es preferible la injusticia al desorden” no es pensando en aplastarle la cabeza a ningún manifestante, sino llenos de compasión por la situación que obervan por ejemplo en la República Democrática del Congo, en Afganistán, en Palestina, en algunos lugares de México, o en Zimbabwe. Lugares donde cualquier tipo de orden, incluso una dictadura, sería preferible al caos reinante, a la falta de estado (Zimbabwe tiene un estado que se niega a ejercer como tal, y la RDC un estado que no puede ejercer como tal). Llenos de compasión y de horror ante la injusticia que provoca el caos.

La respuesta a este dilema es, desde luego, fijarse en que la defensa del orden no implica necesariamente la defensa del orden establecido. Se puede pasar “del orden al orden”, mejorando el nivel de justicia,  y es eso en principio lo que hay que intentar.

Eso diferencia a quien usa esa frase en serio y a quien no. El que la usa en serio, movido por la compasión y el rechazo a la injusticia (que provoca el caos) debe rechazar también la injusticia de su orden, e intentar, ordenadamente, paliarla o eliminarla.

Y en ese campo se puede encontrar el convervador con el progresista que lucha también por un orden mejor. El cual no debe usar métodos que lleven al caos, lo que no quiere decir que tenga que usar siempre métodos legales. En una dictadura, un progresista puede cometer actos ilegales, incluso el asesinato. Pero jamás debe usar la táctica de “cuando peor, mejor“, la “socialización del sufrimiento” o el terror. Y debe proponer otro orden, y pasos razonables para llegar a él sin pasar por la revolución sangrienta o la guerra civil.

De un orden, a otro orden mejor. Porque es cierto que el caos provoca las peores injusticias, y además es la cuna de las peores dictaduras.

Un consejo sobre estándares

El lenguaje es un estándar de comunicación. Sirve para que uno codifique un significado (lo que quiere decir) en un mensaje escrito en un código (el lenguaje) que otros conocen. Esa gente podrá decodificar el mensaje, obteniendo el significado a partir del mensaje.

Esto sólo funciona si ambos, emisor y receptor, comparten el mismo lenguaje. Es decir, la misma relación entre signos (que se usan en el mensaje) y significado.

Para permitir que diferentes personas puedan comunicarse, surgen los estándares de comunicación, es decir, lenguajes que comparten grandes grupos de personas.

El castellano es uno de ésos estándares.

Todo esto es, claro, una simplificación. El estándar no fué creado por un montón de ángeles perfectos, sino por humanos, y ni suquiera por especialistas sino por nosotros, los hablantes. El resultado es un estándar con muchos problemas, por ejemplo la ambigüedad.

Se produce una ambigüedad cuando un mismo signo (como “banco”) tiene dos o más significados (”entidad de crédito” o “asiento alargado”). La ambigüedad es fuente de posibles problemas… podemos recibir un mensaje como “espérame en el banco, en la Plaza Girolamo” y cuando llegamos, encontrarnos con que en el centro de la plaza hay un jardín con un asiento alargado… y en un lado, una sede del Banco Internacional de Crédito con una recepción donde sentarse. Y no saber a qué se refería el que escribió el mensaje.

Otro caso muy típico en debates de internet se produce cuando alguien usa una palabra rechazando la defnición estándar.

Pueden haber muchos motivos para rechazar una definición estándar (en español el estándar es el DRAE). Motivos estéticos, políticos o religiosos. Nadie está obligado a cumplir con el estándar, no es una obligación moral ni una ley.

Ahora bien

Si yo decido no usar la defnición estándar de una palabra, sino usarla con otro significado, estoy provocando una ambigüedad. A partir de ahora esa palabra tiene dos significados: el estándar y el mío. Y por tanto, puede producirse un fallo de comunicación como resultado de esa decisión mía. Soy responsable, moralmente, de intentar evitarlo.

Es imposible que los que usamos cada palabra con el significado estándar avisemos de cuándo lo hacemos. Si así lo hiciéramos, entraríamos en un ciclo infinito, ya que las palabras que usamos para avisar también tendrían que ser definidas: “Hola, bueno, digo hola en el sentido estándar, y a ver, digo “bueno” en el sentido de interjeción, y digo “digo” con el significado estándar, y cuando digo “hola” la segunda vez también es con el significado estándar, y…:D

Pero el que usa una palabra con el significado diferente al estándar sí está obligado a avisar antes de usarla. Para que el receptor sepa de qué está hablando. Para que el mensaje llegue.

Esto se puede hacer de muchas formas:

  • Formalmente: “Hablaré del universo, pero lo primero es avisar que cuando digo universo no me refiero a la definición del DRAE sino a todo aquello que podemos observar racionalmente…”
  • Informalmente: “Bueno, el universo (= todo lo que podemos observar racionalmente)…”
  • De forma sutil, sin dar la definición: “Bueno, el universo (tal como lo entiendo)” o “Bueno, lo que yo llamo universo…”.

Cualquiera de estas formas da al menos una posibilidad limpia, educada, al lector para que se de cuenta de que no se está usando necesariamente el estándar. No hace falta ser siempre formalistas, a veces la diferencia no tiene importancia.

Pero hay que avisar, aunque sea de forma sutil.

El que no avisa es un traidor :D .

Gastos Oficiales

Sobre los gastos de los políticos, pagados por los ciudadanos.

Al hilo del “escándalo” que se ha montado sobre los gastos de los parlamentarios de Westminster en el Reino Unido, gastos perfectamente legales pero moralmente dudosos, tengo algunas consideraciones que hacer.

La primera es de importancia. Cuando hablamos de gastos de representación inadecuados, estamos hablando de facturas que los políticos hacen pagar al Estado, y que costean cosas como viajes, trajes, coches, y en los casos más graves, la renovación o compra de apartamentos o casas. Estamos hablando, por tanto, de cifras que rara vez o nunca llegan a un millón de euros, y de un problema que en su conjunto no es relevante en términos económicos.

Al contrario que los sobornos, estos gastos no influyen en la política real, la que maneja cientos de miles de millones de euros en un país como el Reino Unido.

Por tanto, la importancia de este tema no es económica sino de imagen. Se trata de que los políticos den una imagen de rectitud básica, que no se les vea usando truquillos mezquinos para ahorrarse un dinero. Y sí, esto tiene su importancia, pero al hilo de esto va mi segunda consideración, y es que no deberíamos ser hipócritas a la hora de criticar a los políticos.

Si hay una forma legal de no pagar un impuesto, la gente que la conoce simplemente no paga el impuesto. Cuando surge, en primer lugar, los que sienten que por otros motivos ya pagan “demasiado”, se consideran autorizados a no pagar. En segundo lugar, los que se consideran “tan valiosos como los primeros”, tampoco pagan. Y finalmente, los que no quieren ser “los únicos idiotas” que pagan pudiendo evitarlo de forma perfectamente legal, dejan de pagar. Esto es normal y no tiene nada de condenable. El modo de hacer que la gente page impuestos es obligándola por ley, y punto. Lo mismo vale para los diputados, asi que en vez de criticar lo que hay que hacer es cambiar el sistema legal.

Puede que lo que voy a decir peque de simplista, pero ¿qué tal si simplemente se les suprmien las dietas? Simplemente. Digamos que se les dobla el sueldo a todos… pero se les suprimen todas las dietas. Todo gasto que quieran hacer, deberán pagarlo de su bolsillo.

Lo primero que se me ocurre es que, por ejemplo, pueden ser alcaldes de otra localidad. ¿Deben pagar de su bolsillo una segunda residencia que están obligados a tener para poder ejercer ambas funciones, de diputados y de alcaldes?

Sí. Desde mi punto de vista, sí. Nadie les obliga a presentarse ni a alcaldes ni a diputados. Asi que sí, deben. Si no están dispuestos, que no se presenten.

Luego me imagino gastos “inherentes al cargo”. De ellos, una buena parte los paga directamente el Estado, asi que no presentan problemas – la factura del vuelo del Ministro de Exteriores de visita oficial a un país extranejo nunca pasa por las manos del Sr. Ministro ni de su personal particular (abogado o asesor fiscal) asi que no presenta ningún problema. Pero ¿qué pasa con los demás viajes, pongamos de un alcalde para ir a Londres a hacer presión sobre un determinado aspecto de su política?

Para eso, en mi opinión, está el Partido y sus afiliados. Que pueden abonar al Sr. Alcalde ciertas cantidades del modo que consideren oportuno: por adelantado, tras una factura, con límites o sin ellos, y con las condiciones que les parezca. No tengo nada en contra de aumentar la financiación general de los partidos con ése propósito. Pero el pago en sí mismo podría ser algo entre el Partido y el alcalde, no algo que afecte a cada contribuyente.

De este modo, el único dinero que recibirían los políticos del Estado sería su salario. Y punto. Fin del problema.

¿Peco de simplista? Creo que no, pero permaneceré atento a sus opiniones si están argumentadas…

Como se manipula el lenguaje para librarse de culpas colectivas.

He estado reflexionando sobre una costumbre que he visto, de forma casi idéntica, en varios grupos ideológicos y religiosos, y que supongo que es universal, que ocurre en todo grupo a partir de cierto tamaño. El ser humano es así.

Se trata de una operación ideológica, que es la reacción a las críticas que se hacen a ese grupo, basadas en determinadas personas, corrientes o épocas adscritas al grupo.

  • Por ejemplo, la crítica al comunismo que dice: “¡El comunismo ha matado a decenas de millones, mirad a Stalin, a Mao…!
  • Por ejemplo, la crítica al cristianismo que dice: “¡El cristianismo ha cometido limpiezas étnicas sin cuento, mirad la expulsión de los judíos y musulmanes en España!
  • Por ejemplo, la crítica al Islam que dice: “¡El Islam es terrorista, mirad el ataque a las Torres Gemelas!
  • Por ejemplo, la crítica a la Ilustración que dice: “¡La Ilustración llevó a la Revolución Francesa, vaya baño de sangre!
  • Por ejemplo, la crítica al falangismo que dice: “¡El falangismo es totalitario y sangriento, mirad la posguerra española!
La respuesta adecuada a ése tipo de críticas es, desde mi punto de vista, admitir que ocurrieron los hechos, y analizar en qué circunstancias esa ideología llegó a servir de apoyo para esos hechos, buscando el modo de impedir que vuelvan a ocurrir.
 
Pero esa reacción es, me parece, demasiado incómoda para mucha gente. Quizá porque es  fría y cerebral, o quizá porque bastante gente aún tiene cierta idea de “culpa colectiva”: “Un grupo entero puede ser considerado culpable de lo que hagan algunos de sus miembros, y por tanto, si alguien indica que en “mi” ideología hay criminales, eso me hace culpable a mí también.
 
Asi que se usa esta estrategia de distanciarse a la escocesa. Se trata de demostrar que el grupo de los “malos” no es el mismo que el grupo al que pertenece el hablante. Y para eso lo que se hace es redefinir las palabras:
 
1. “Ser un X” ya no significa lo que todo el mundo considera que es “ser un X”. Una serie de reconocimientos más o menos públcos y claros, fáciles de detectar y descartar, entre los que está el auto-reconocimiento (”si él o ella dice que es un X, en principio es un X“). La palabra ya está definida, y tiene una definición más o menos estándar, pero se rechaza esa definición.
 
2. Ahora, para ser un X, ya no es tan importante lo que todo el mundo llama tal, sino lo que el sujeto que se distancia a la escocesa añada, características que él posee, muy especialmente, interpretaciones de la doctrina que él considera correctas, y comportamientos adecuados a esa interpretación que él sigue.
 
3. Y se hace de tal modo, que los “malos” no estén ya incluídos en el grupo de los X redefinidos.
 
4. Acto seguido, se empieza a llamar “falsos X” a los que cumplen la definición general, pero no la nueva así creada. Y los que cumplen la última son los “verdaderos X”, los “X a secas”, etc…
 
Veámoslo con ejemplos:
  • ¡Stalin y Mao no eran verdaderos comunistas, el comunista cree en la dictarura del proletariado, y la aplica, ésa gente sólo creía en su propia dictadura!
  • ¡El cristianismo dice que hay que amar al prójimo, los que expulsaron a los judíos eran legalistas, no eran verdaderos cristianos!
  • ¡El Islam rechaza el terror, rechaza la muerte de inocentes, Mohammed Atta no era un verdadero musulmán, era un munâfiqûn!
  • ¡La Ilustración es racional y respeta a los Derechos Humanos, en el momento en que la Revolución Francesa se convirtió en un Directorio, eso ya no tenía nada que ver con la Ilustración!
  • ¡El falangismo no es de derecha, “preferimos la bala comunista a la palmadita derechoide”, Franco y su régimen no tenían nada de verdaderos falangistas, era pura hipocresía!
Esta estrategia, claro, es sectaria: Altera el lenguaje a gusto del hablante y su grupo ideológico (los que cumplen la segunda definición, o una parte de ellos) dificultando el entendimiento y arrogándose el monopolio de un término que, desgraciadamente para ellos, ha acumulado demasiada historia.
 
Y es que la historia humana es sobre todo humana… cruel, dura, sangrienta.
 
Yo le sugeriría a estas personas el siguiente ejercicio mental.
  • Consideren su ideal moral, y piensen: ¿Lo siguen ustedes siempre y de forma perfecta, son ustedes “ángeles” de su sistema moral? ¿o más bien, de vez en cuando y muy a su pesar, se desvían?
  • Suponiendo que no son “ángeles”: ¿Creen ustedes que existen los “ángeles”, en su grupo ideológico, o más bien que todos se desvían de vez en cuando?
  • Suponiendo que no hay “ángeles”: Dado que consideran miembros de su grupo a gente que se desvía, y de hecho todos se desvían más o menos, de vez en cuando ¿por qué creen ustedes que es necesario separar a unos “pecadores” de otros, sacándolos de grupo?
  • Si no hay respuesta suficiente… no lo hagan.
En general, la alternativa más parecida y razonable es hablar del “buen X”. Todos entenderemos, cuando un X hable del “buen X”, que está hablando de lo que él considera que es seguir de forma verdadera y profunda la ideología X.
 
Asi… el buen comunista será, para un comunista, el que entre otras cosas, no busca su poder personal… el buen cristiano, el que entre otras cosas no persigue a los demás por su religión… el buen musulmán, el que entre otras cosas condena el terrorismo… y así, no quiero cansarles.
 
Así nos entendemos todos, sin necesidad de redefinir las palabras, sin necesidad de alterar el lenguaje para que Lenin, Stalin y Mao no sean comunistas, Torquemada, Lutero y el Papa Leon X no sean cristianos, Danton y Marat no sean ilustrados, Osama Bin Laden y Mohammed Atta no sean musulmanes, etc.
 
Esto mejoraría la comunicación y reduciría el sectarismo de los debates y conversaciones.
 
Artículo original publicado en WebIslam el 2007-06-25

Cuestiones del lenguaje y comparación con el inglés.

El lenguaje tiene cosas curiosas relativas a las creencias religiosas. Una de ellas, no la menor, es que de acuerdo al Diccionario de la Real Academia  en su última edición impresa, la vigésimosegunda, el universo es el “conjunto de todas las cosas creadas“. Semejante disparate, desde luego, sólo se entiende desde una perspectiva creyente, y será corregido en la próxima edición… con otra que, desde mi punto de vista, se excede por el otro lado, y de la que hablaré en su momento.

Otra es la definición de “ateo”, donde entramos en directo conflicto con el mundo anglosajón. Veamos primero la definición en castellano:

DRAE: “Que niega la existencia de Dios”

Ahora veamos algunas de las definiciones en inglés, un lenguaje sin diccionario estándar:

Merrian-Webster Online: Ateo – “El que piensa que no hay deidad”

Merrian-Webster Tercera Edición Internacional: Ateísmo – “Falta de creencia en la existencia de Dios o cualquier otra deidad.”

Oxford English Dictionary, tercera edición: Ateísmo – “Falta de creencia o negación de la existencia de un dios”.

Wiktionary: Ateísmo – “1. Ausencia o negación, de la creencia en la existencia de Dios o dioses. 2. La creencia de que no hay dioses, la negación de la existencia de Dios o dioses.”

Hay dos diferencias que llaman la atención entre las definiciones inglesas (notablemente parecidas unas a otras) y la castellana.

La primera es que la castellana se refiere únicamente a Dios. Todas las inglesas hablan de “cualquier dios” (incluyendo por tanto a un dios único o Dios), “una deidad” (por tanto cualquier ser divino o dios), o menciona directamente ambas posibilidades (”Dios o dioses”).

Esto hace que técnicamente, en castellano, podamos decir que un hinduísta (por ejemplo) es ateo. Al menos lo es si no cree que una de las varias deidades del hinduísmo es “hacedora del universo” y por tanto Dios de acuerdo al criterio monoteísta del diccionario. Hago notar que hay hinduístas que piensan exactamente esto, e incluso piensan que todos los grandes dioses hinduístas son realmente “facetas” de uno sólo, cosa no muy diferente de la Trinidad cristiana.

Pero en todo caso, resulta un tanto curioso pensar en un hinduísta o en un pagano griego como “ateos” porque entre sus dioses no se encuentre un “hacedor del universo”. Considero esto un fallo de la definión del DRAE, en tanto en cuanto no refeja ni la identificación propia de los ateos, ni la ajena, ni el uso habitual.

La segunda diferencia es mucho más… discutible, digamos. La definición de “ateísmo” y “ateo” del inglés incluye claramente tanto al que “no dice que sí” existe Dios, como al que “dice que no” existe Dios. En cuanto a la existencia de Dios hay básicamente tres posibilidades: Decir que sí existe, decir que no existe, o no decir ninguna de las dos cosas (también se pueden decir las dos, pero si me disculpan voy a dejar un poquito de lado a la gente que niega el Principio de No Contradicción de forma tan directa).

En inglés, para diferenciar al que “dice que no” del que “no dice que sí ni que no”, se ha distinguido entre “ateísmo fuerte” (hard atheism) y “ateísmo débil” (soft atheim). Al ateo “débil” se le llama también “agnóstico”, lo que es una forma de alterar la definición original del término, pero de una forma que ha tenido mucho éxito porque es, simplemente, muy útil.

En castellano tenemos la suerte de que el ateo es únicamente lo que en inglés se llama “ateo fuerte”. Asi que podemos llamar agnóstico al “ateo débil” inglés, y ahorrarnos adjetivos que pueden sonar incluso peyorativos.

El lenguaje no es inocente. Me ha tocado ver en foros cómo ateos atacan a los angósticos considerándolos intelectualmente cobardes o ignorantes. La idea de que Theodore M. Drange o Bertrand Russell hayan sido intelectualmente cobardes o ignorantes me da un poco de risa tonta, tengo que admitirlo, pero además de reírme considero interesante cuidar el lenguaje.

Todo esto viene a responder a una vieja pregunta: ¿nacemos ateos? Simplemente: si esa pregunta es formulada en castellano, no. Ya que el ateo (dicho esto en castellano) necesita conocer el concepto de Dios y ser capaz de negar su existencia. En ése sentido, el ateísmo (dicho esto en castellano) requiere del concepto de Dios para existir, y el estado “natural” del ser humano es el tranquilo y plácido agnosticismo de quien tiene la fortuna de no haber oído hablar nunca de semejante adefesio intelectual como es una mente humanoide monstruosa e incomprensible.

Ahora bien, si la pregunta es formulada en inglés, entonces sí, nacemos Atheists, y con suerte continuamos siéndolo toda la vida, aunque a menudo cambiando del agnosticism (que es una forma de Atheism) al “ateísmo duro”.

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