Cuando expliqué mi concepto de “razón”, el segundo principio que mencioné fué el “tercio excluso”. Una vez explicado el Principio de No Contradicción (PNC), creo que me toca detallar éste:

Principio de Tercio Excluso (PTE): Todo aserto es o bien cierto, o bien falso.

El PNC dice que un aserto no puede ser las dos cosas a la vez. El PTE lo que dice es que tiene que ser una de ellas.

Hay quienes critican el PTE diciendo que “las cosas no son blancas o negras“. Entendida de forma literal o poco elaborada, esa crítica simplemente muestra que el hablante no ha comprendido el PTE. Éste no dice que las cosas sean blancas o negras: dice que las cosas son blancas… o no son blancas.

Evidentemente, para que esto sea cierto, “blanco” debe significar lo mismo al comienzo de la frase, que al final. Pero eso, queridos lectores, es una norma de cualquier discurso lógico: llamar de la misma forma diferente a dos cosas distintas, en un mismo razonamiento, es equivocarse, en el sentido más clásico del término que imaginarse pueda : Equi-vocarse significa “usar la misma palabra”, y es una falacia lógica concreta llamada “falacia de la equivocación“.

Por cierto, ya como coda… pensando en esa falacia, yo no suelo decirle a la gente que “se equivoca”, sino que “yerra”. Sólo digo que se equivocan cuando creo que están cometiendo exactamente ése error, y no cualquier otro. Una manía mía.

La crisis energética surgida en el Siglo XX es uno de los problemas más graves a los que se enfrenta la humanidad. Nuestra capacidad para consumir cantidades crecientes de energía, nuestra capacidad para transformar unas energias en otras, y nuestro crecimiento de capital y población, nos ha llevado a una situación en que la energía es un auténtico “cuello de botella” del crecimiento económico.

Nuestra sociedad se ha vuelto dependiente del petróleo, como fuente principal de energía. Esa dependencia es destructiva, ya que provoca daños medioambientales a gran escala. La catástrofe climática que estamos empezando a vivir, es sobre todo consecuencia de nuestra dependencia del petróleo. Noten por favor que no es nuestra dependencia de la energía, lo que es peligroso ni dañino, sino específicamente la dependecia de formas dañinas de obtención de esa energía. Toda sociedad depende de energía, incluso todo ser vivo depende de ella, y el consumo de grandes cantidades de energía sólo es un indicador, bastante fiable, de una considerable cantidad de poder (recuerden, “poder y sabiduría”).

Es demasiado tarde para evitar la catástrofe climática, pero no lo es para reducir su intensidad y duración. Tenemos la obligación de hacerlo. Para conseguir esto, se nos ofrecen diferentes alternativas.

Algunas están centradas en cambiar nuestros hábitos, disminuyendo la demanda:

Otras estrategias se centran en la distribución de la energía:

  • Simplemente, cuidar mejor de las redes de distribución.
  • Aumentar la eficiencia de la distribución, con la ayuda de nuevas tecnologías como el consumo de hidrógeno[1], de energía inercial, o el uso de motores eléctricos.

Otras estrategias se basan en la substitución o aumento de la oferta:

  • Energía hidroeléctrica.
  • Energía nuclear de fisión.
  • Energía eólica (molinos de viento).
  • Energía nuclear de fusión.
  • Energía geotérmica.
  • Energía solar, en todas sus muchas variantes, desde los paneles solares, pasando por las chimeneas solares o la energía termosolar concentrada.
  • Biocombustibles, biomasa, y biogas.
  • Energía de las olas y las mareas.

En mi opinión, la pregunta “¿cuál de estas estrategias debemos seguir?” está obsoleta. Estuvo obsoleta desde el día en que supimos que se estaba produciendo un cambio climático. La respuesta correcta a esa pregunta es todas, y sin tardanza.

Ya no nos podemos permitir el lujo de renunciar a absolutamente ninguna de estas formas de aumento de la eficiencia energética. Ese tiempo ya pasó. Me encantaría poder recomendar desde este blog la renuncia a la energía nuclear de fisión, por ejemplo, pero no lo voy a hacer. Simplemente, ya no nos podemos permitir ese lujo. Deberíamos acumular los residuos de forma que algún día podamos extraerlos de nuevo y, o bien limpiarlos con medios que ahora desconocemos, o bien enviarlos a un lugar seguro en el espacio (por ejemplo, el sol, una planta nuclear al aire libre).

Tampoco podemos renunciar al uso de biocombusibles. Por supuesto, no van a cubrir la totalidad de la demanda en un futuro previsible. Tampoco se pretende. Pero deben formar parte del cóctel que necesitamos para poder renunciar al petróleo.

Es posible que en el futuro a medio plazo (no diré treinta años[2]) consigamos alimentar toda nuestra sociedad con energía nuclear de fusión, una energía que de momento se nos antoja muy limpia, muy eficiente, segura y cuyo combusible es virtualmente inagotable. Pero ahora mismo no podemos confiar en eso, asi que ninguna energía alternativa al petróleo va a cubrir la totalidad de nuestras necesidades por sí misma. Nos dirigimos hacia un “cóctel energético”, debemos aceptar que es así y llegar a un cóctel que pueda substituír completamente al petróleo lo antes posible.

Es urgente y es importante, y ya no tenemos tiempo que perder. El momento de cerrar las plantas nucleares de fisión llegará, y espero que llegue lo antes posible, pero será cuando haya una alternativa mejor para obtener esa energía, y de momento la que hay (petróleo) no es mejor.

 


[1] Cuidado con esto, a veces se vende el hidrógeno como una nueva fuente de energía en los medios de comunicación, esto es totalmente falso, el hidrógeno molecular apenas es encontrable en la Tierra, y por tanto debe ser producido con gasto de energía. Es una nueva y eficiente forma de transpotrar, no de producir, energía.

[2] Dicen que la energía de fusión ha creado una nueva constante de la fisica: “Treinta años”, que es el tiempo que aún necesita para poder ser comercializada… esta constante apareció en los años 70, y sigue invariable…

Una vez establecido mi principio moral, puedo entrar en detalles sobre la libertad y el derecho.

El ser humano no es bueno por naturaleza. Sin embargo, sostengo que es “más bueno que malo“. Observando nuestras tendencias genéticas como animales gregarios, y observando cómo nuestra capacidad de abstracción nos hace capaces de “sublimar” ese gregarismo a grandes comunidades (incluso a toda la humanidad), afirmo que el ser humano, por lo general, busca su bien (en primer lugar) y el de los demás (en segundo lugar). En general, si podemos conseguir nuestros objetivos provocando o evitando un daño a los demás, lo hacemos así.

Creo que estas tendencias hunden sus raíces, como dije, en nuestra naturaleza como animales gregarios. Queremos sobrevivir, conocemos el rol de la colaboración y el altruísmo para aumentar nuestras posibilidades de supervivencia. Nuestra “moral natural” no es exactamente mi moral humanista, pero tampoco está tan lejos como para que “por naturaleza” tendamos a realizar más acciones malvadas que buenas.

De esto podemos deducir algo, bastante limpiamente: si los humanos, por lo general, tienden a realizar acciones “buenas”, entonces es una buena idea, dejar que cada uno haga lo que desea.

La alternativa es prohibirlo. Pero prohibir una acción tiene dos efectos negativos:

  • Cuesta un esfuerzo.
  • Provoca frustración, cosa que puede provocar conflictos, algo bastante destructivo por lo general.

Por tanto, prohibir es hacer “mal + mal muy probable + mal algo probable”, mientras que permitir es hacer “bien bastante probable”. Como norma general, por tanto, no debemos prohibir las cosas.

A este principio, es a lo que podemos llamar “libertad humana“. Creo en la libertad humana, uno de los conceptos centrales del humanismo, pero no creo en ella como axioma sino porque la deduzco de lo anterior. Y en política, este principio lleva al “Estado liberal“: el estado que no prohibe nada, a menos que haya motivos para prohibirlo[1]. Por supuesto, yo también defiendo el estado liberal.

Como pueden observar, esta libertad no es exactamente la libertad que he definido en “Determinismo y Libertad“: Aquí ya no estamos hablando de lo que cada uno puede hacer sin más. Estamos hablando de lo que los demás deberíamos intentar impedir que haga, o no. Es decir, estamos hablando de libertad en el sentido moral.

La formulación puede variar. Observen que la frase en cursiva podría decirse así: Lo que tenemos derecho a prohibir. Y lo que no tenemos derecho a prohibir, es lo que el otro tiene derecho a hacer. La libertad humana es el derecho a hacer todo, a menos que haya motivos para que no lo haga. Son dos formas de decir lo mismo, y a veces lo expreso como “el derecho a la libertad”, que sería el derecho básico de todo ser humano, el derecho del que se derivan todos los demás.

Eso, a su vez, crea un “paisaje” de libertades muy claro: La libertad individual es un principio (derivado en mi moral, pero básico en otras) que cubre toda actividad humana… salvo las áreas específicas donde, por determinados motivos, decidimos prohibir. La libertad es el queso gruyère. Las prohibiciones son los agujeros.

Grandes áreas de queso gruyère… de libertad… pueden ser vistas como libertades concretas. Por ejemplo, la libertad de expresión, puede entenderse como un área del “guyère” que se puede delimintar bastante bien. Un área con pocos agujeros. Esa libertad de expresión emana de la libertad humana general, y es la forma que ésta toma en un área concreta. Y al igual que la libertad general, la libertad de expresión se puede expresar como un derecho: el derecho a expresarse.

Los derechos humanos son también, para mí, derivados de todo esto: se trata de grandes áreas en las que no parecen haber “motivos para prohibir”, y en las que por tanto debe haber libertad. Concibo los derechos humanos como libertades: el derecho a la vida es la libertad de elegir entre vivir o no (y por cierto, eso implica el derecho a suicidarse). El derecho a una vivienda digna es la libertad de residir en una vivienda digna… incluso una vivienda ajena o el Palacio del Presidente, si no hay otra opción[2].

Los derechos “concretos” (como la libertad de expresión) son buenas convenciones que expresan el alcance del derecho básico a la libertad. Como buenas convenciones estándar, es muy bueno seguirlas, y sirven como normas de comunicación y en este caso también de convivencia. El “derecho a darse de cabezazos contra una puerta” forma parte de la libertad humana, pero restingir ese derecho no es tan grave como restringir el “derecho a azotarse como penitencia religiosa“ porque el primero no forma parte de una convención aceptada, mientras que el segundo sí (”derecho a la libertad religiosa”).

Eso quiere decir que al prohibir a la gente darse de cabezazos contra una puerta, no estamos debilitando una convención útil y poderosa en la que apoyamos la convivencia en nuestra sociedad. Al prohibir las penintencias con azotes, sí. Es cierto que esas agrupaciones de derechos bajo una convención (”libertad religiosa”, “libertad de expresión”) son arbitrarias… realmente todo forma parte del mismo “queso”. Pero siguen siendo importantes, ya que forman parte de la forma en que todos nosotros percibimos (nos damos cuenta alcance de) la libertad humana.

Todo esto se basa, como hemos visto, en generalizaciones. En general, lo que hace un ser humano es positivo. En general, conviene permitir. En general, conviene respetar unos derechos concretos y codificados (los “derechos humanos”). Pero todo esto admite la excepción del caso concreto.

Yo no considero que los derechos sean “inalienables”. Por el contrario, considero que el respeto a todo derecho en cualquier caso concreto está sujeto a la evaluación moral de ese caso concreto. El derecho a llevar una bandera nazi por la calle puede ser parte de la libertad humana, y parte de derechos humanos codificados (libertad de expresión). Impedirlo puede ser además costoso, y puede provocar conflictos. Pero a pesar de todo, si evaluamos los daños que esa expresión puede producir en una sociedad y momento concreto… puede estar justificada la prohibición[3].

Y eso mismo se aplica a todos los derechos. Incluyendo el derecho a la vida, un tema que tendré que dejar para otra ocasión. De momento quería que se quedaran con esta idea: parte de mi “radicalidad” se debe a que sigo sin más una única idea moral, y someto todo a ésta. Si algo pone en peligro la pervivencia de la autoconsciencia, no voy a respetarlo, por “sagrado” o “inalineable” que sea para otros.

Caiga quien caiga. 

 


[1] No todo estado liberal es democrático, pero todo estado democrático (que yo conozco, al menos) es liberal.

[2] Uno de mis sueños legales: que todos los sin techo de la capital de cada estado, llegaran todas las noches a las puertas del palacio presidencial con una manta bajo el brazo diciendo “tenemos derecho a una vivienda digna, y usted es el encargado de implementar ese derecho: hasta que nos la proporcione, dormiremos en su casa, y si nos impide la entrada o nos echa, le denunciaremos por incumplir la Consitución y la Carta de las Naciones Unidas, que nuestro estado ha firmado“. Todo esto, por supuesto, delante de las cámaras de televisión que irían acudiendo al evento. En mi sueño, las cortes de última instancia de las diferentes naciones dan la razón a los querellantes y los gobiernos se ven obligados, muertos de vergüenza, a proporcionar esas viviendas para no tener que soportar la compañía de los vagabundos en sus propias residencias oficiales.

[3] Mi opinión concreta sobre la prohibición de símbolos o ideas nazis o negacionistas puede resumirse en “depende”, y deberá ser también contenido de otra aportación.

Por problemas de discapacidad física no puedo, desde hace unos días:

* Revisar los textos antes de enviarlos, lo que repercute en las faltas de ortografía.

* Leer y responder comentarios.

* Actualizar la página de “Humanist City”

* Escribir más comentarios. El último saldrá el día 11.

Si para entonces sigo discapacitado, el blog quedará inactivo hasta que pueda volver a él.

La buena noticia es que sigo con vida y eventualmente podré volver a él, pero puede tardar incluso meses (espero que no!).

Escribo esto en un estado físico y mental alejado del óptimo, espero que me disculpen posibles faltas de claridad o de ortografía.

Que tengan un buen día.

Una vez hemos caracterizado el fascismo, veamos si se puede considerar de derechas o de izquierdas.

Yo desconfío mucho de la clasificación de toda ideología política en un eje único derecha/izquierda: hay ideas que no ha defendido nadie dentro de esa línea (feminismo) e ideas que son aceptadas por todos (dignidad humana). Incluso ideas exclusivas del centro (liberalismo) y exclusivas de los extremos, sin importar dónde se encuentren (totalitarismo). Finalmente, hay muchas formas de “extrema iquierda”, “centro” y “extrema derecha” que no coinciden entre sí.

Pero haciendo una medida aproximada…

  • El autocratismo se da en los extremos, y más en el extremo derecho (absolutismo, dictadura militar…) que en el izquierdo (estalinismo y leninismo, pero no anarquismo o comunismo utópico).
  • El nacionalismo ha sido tradicionalmente de derechas, aunque hay notables escepciones… en España ahora mismo se vive el mundo al revés, con el nacionalismo periférico tenido como algo “de izquierdas” - y Stalin era nacionalista ruso, cosa notable tratándose de un georgiano.
  • La forma específica de nacionalismo fascista es bastante claramente de derechas: el expansionismo se da en todas partes, el supremacismo es más bien de derechas, y el darwinismo nacional lo es con toda seguridad.
  • El racismo se da más bien en la derecha, también con notables escepciones (el miedo del obrero al inmigrante hace estragos), pero forma parte de un acervo tradicionalista, sobre todo como supremacismo racial y “darwinismo racial”.
  • El totalitarismo es típico de los extremos, sean de derechas o de izquierdas.
  • La meritocracia es, en cierto modo, de centro-derecha. La extrema derecha puede derivar en el clasismo o el “derecho divino”, pero con menos frecuencia que la izquierda deriva en la idea de “solidaridad”.
  • El belicismo es una idea tradicional, claramente de derechas.
  • El estatalismo tiene gran influencia en toda la línea derecha-izquierda, pero desde luego sus máximos representantes están en la extrema izquierda.

En resumen, el facismo está bien situado en la extrema derecha, no tengo nada contra su posición tradicional, pero sí debe tenerse en cuenta que no todos sus rasgos son de derechas, y ni siquiera son todos extremos… el fascismo es un híbrido, con gran capacidad para integrar contradicciones, y es algo netamente original del siglo XX y que, afortunadamente, parece haber terminado con éste.

Creo que los conceptos de fascismo, tal como se usa esa palabra hoy en día, pueden agruparse en tres categorías:

  1. Los que opinan que todo autoritarismo (e incluso toda autoridad) es fascista, así como toda discriminación. La gente que llama “fascista” a cualquier policía por el hecho de serlo, o a un gobierno democrático que prohibie una manifestación, o a un padre que prohibe a su hijo salir de noche.
  2. El fascismo entendido como un cúmulo político que ha adquirido diferentes formas en diferentes estados, pero que engloba como mínimo al nacionalsocialismo alemán y al falangismo español, además de al fascismo italiano.
  3. El fascismo italiano, estrictamente.

El primer grupo conceptual siempre me ha parecido peligroso y negativo. Llamar “fascismo” a casi cualquier cosa, hace que la palabra pierda su poder admonitorio, como en el cuento de Pedrito y el lobo. Cuando lleguen los verdaderos fascistas, quiero tener una palabra con que denominarlos: una palabra que no se haya convertido en algo tan común que cualquier padre de familia se haya dicho alguna vez “pues bueno, pues soy fascista, qué importa“. Tiene que importar.

El tercer grupo es estricto y válido, pero creo que debe dejarse para análisis finos de “los fascismos” (segundo grupo) entre sí, y no para una caracterización cara al resto de ideologías, que es lo que voy a hacer.

Usaré por tanto el segundo tipo de concepto.

Es necesario advertir aquí que considero que el fascismo como algo gradual… una ideología será más o menos fascista de acuerdo a hasta qué punto cumple con los criterios que daré. Además, como la moralidad humana cambia con el tiempo, una ideologia puede ser “poco fascista” hace 100 años pero “muy fascista” para el contexto actual, dependiendo de dónde se sitúe respecto a la media de cada época.

Bien pues, aquí están los criterios:

Autocratismo: La idea de que el poder efectivo debe emanar de una sóla persona. El autocratismo se opone al republicanismo, que busca repartir el poder creando equilibrios y contrapesos. El autocratismo opina que la mejor sociedad, la más eficaz, la más capaz de resolver sus problemas, es aquella donde un sólo lider (por supuesto elegido de entre los mejores) tiene poder ilimitado.

Nacionalismo: La segunda gran idea-fuerza del fascismo es que todo individuo debe pertenecer a una nación, y que esa nación debe actuar como un sólo individuo, defendiendo sus intereses. Esta defensa puede llegar al exterminio de las demás naciones, y desde luego a su subyugación.

El nacionalismo facista es supremacista: No sólo “cada individuo debe defender su nación” hasta la muerte, sino que además “la nuestra es la mejor del mundo” (o al menos mucho mejor que las de nuestro entorno). Nótese que no es lo mismo una cosa que otra. El nacionalista decimonónico europeo-occidental tendía a respetar en gran medida a su “enemigo” si éste compartía su ideología pero se enfrentaba a él precisamente por defender “su” nación. Toda la mítica del “combate entre caballeros” entraba aquí en juego. Sin embargo, el supremacista nacional perfecto, no consigue respetar a ningún miembro de otra nación tanto como a los de la suya propia.

El nacionalismo facista también va vestido, en mi opinión, de “darwinismo político“, la idea de que las naciones deben competir entre sí por la supervivencia, ya que ésa sería la forma de conseguir que sólo las mejores naciones sobrevivan y se multipliquen, en una evolución ascendente que lleva a sociedades cada vez mejores. Este “darwinismo político” es por supuesto una fantasía producto de la tergiversación y abuso del verdadero darwinismo, el biológico.

Finalmente, el nacionalismo fascista es imperialista y expansionista: la nación propia es una gran nación que “merece” un espacio imperial.

Admito que muchos “fascistas” no serán alguna de estas cosas, pero el fascista 100% perfecto, en mi opinión, comparte todas estas ampliaciones del nacionalismo: Supremacismo, “darwinismo” e imperialismo.

Racismo: El racismo pretende que las diferentes etnias reconocibles por el aspecto físico, disponen de un acervo genético significativamente diferente. La etnias son por tanto “razas”: a un diferente aspecto físico corresponderían fuertes tendencias diferentes a nivel de capacidad intelectual, altura moral, y otras. La naturaleza ha creado estas razas, y el racista puede elegir entre considerar que los “mestizos” son peores que los “puros” de razas ajenas, o que estos “mestizos” son algo mejores por tener algo de sangre de la raza “propia”.

El racismo fascista es también supremacista: La raza propia es intrínsecamente mejor que las demás. Y también es “dawinista racial“, el equivalente “racial” del darwinismo nacional.

La unión del nacionalismo imperialista y el darwinismo racial lleva a teorías de “espacio vital“: la nación se expande imperialmente para que la raza pueda reproducirse.

Totalitarismo: Las ideologías totalitarias poseen un modelo muy completo de ser humano. Al contrario que otras ideologías, que se limitan a establecer modelos de estado o de sociedad, el totalitarismo incluye modelos para actividades solitarias, cotidianas o triviales de cada individuo. La represión sexual es típica, como también los modelos de familia, el vestido, o la condena de determinados tipos de arte. El totalitarismo se dirige a la “totalidad” del ser humano.

El totalitarismo fascista presenta paradójicos rasgos revolucionarios y ultraconservadores. Un fascista puede defender que toda familia debe componerse de padre, madre e hijos (cuantos más, mejor); mientras otro fascista defiende que los hijos deben crecer en instituciones estatales. El fascismo puede defender el retorno a una Edad de Oro mítica, al mismo tiempo que anuncia la creación de un “hombre nuevo”, inédito. Esa paradoja es única, al menos yo no conozco ninguna otra ideología que la contenga.

Meritocracia: Como parte de sus rasgos modernos, el fascismo defiende la meritocracia. Los individuos deben ser apoyados de acuerdo a sus méritos personales, no de acuerdo a sus ancestros (como ocurre, al menos parcialmente, en el clasismo tradicionalista), ni tampoco de acuerdo a sus necesidades o a la capacidad de la sociedad de apoyarles (como ocurre, al menos parcialmente, en el pensamiento de izquierdas).

Notable es aquí el “darwinismo social“. De nuevo se abusa de la Teoría de la Evolución, esta vez para indicar que los “parásitos sociales” no merecen más que la miseria en que viven, y que deben desaparecer para dar espacio a individuos mejores dentro de la misma raza y nación. Nótese el fuerte contraste entre el trato que se da al que se considera “parásito”, y el que se considera “trabajador de base”, el cual es mimado como parte de la presencia del estado (ver abajo) y de la solidaridad entre miembros “útiles” de la nación.

Belicismo: El fascismo es la más moderna de las ideologías belicistas, y probablemente la última. El pensamiento belicista defiende que la guerra tiene aspectos positivos intrínsecos: pone a prueba a las naciones y a los hombres, estimula a éstas, contiene una épica inigualable y hermosa, da ejemplo a futuras generaciones, y es la forma natural de expansión de una nación y de una raza. Los aspectos negativos se consideran males necesarios que pueden dejarse de lado. Cuando se trata de hablar de guerra, en el fascismo la épica heroica lo domina todo.

Estatalismo: Curiosamente, el facismo es keynesiano… digo curiosamente porque yo soy keynesiano, y no deja de ponerme nervioso el notar la afinidad. El fascismo no considera que la economía deba ser dejada a su aire, ni mucho menos: el liberalismo le es ajeno. Tampoco considera que el estado deba ser dueño de los medios de producción: son ferozmente anticomunistas. Pero sí consideran que el estado debe ser un poder económico real, incluyendo la propiedad de sectores clave y el control estricto de otros sectores. Y el fascismo, en su estado más puro, rechaza el capitalismo (aunque no la economía de mercado) como peligroso e incluso “decadente“[1] (esto ya no es keynesianismo).

Una vez establecidas las características del fascismo, cabe preguntarse si es de derechas o de izquierdas. De eso hablaré en una “coda” mañana.

 

 


[1] “Falange Española no es un partido más al servicio del capitalismo. ¡Mienten quienes lo dicen! El capitalismo considera a la producción desde un solo punto de vista, como sistema de enriquecimiento de unos cuantos. Mientras que Falange Española considera la producción como conjunto, como una empresa común, en la que se ha de lograr, cueste lo que cueste, el bienestar de todos.” Jose Antonio Primo de Rivera, Revista “Falange Española”, Número 2. - Fuente: wikiquote.org.

Una de las preguntas que creo que puede responderse de forma bastante simple, y sobre la que sin embargo han corrido ríos de tinta.

Bien pues, vamos de arriba a abajo: primero daré la respuesta, y luego la analizaré.

Yo soy mi mente.

Al contrario que los misticos y algunos filósofos, no considero que haya ninguna “esencia del yo” aparte de la mente. La mente es el “yo”. El hecho de que el lenguaje permita decir “mi mente” del mismo modo que se dice “mi perro” sólo indica que el lenguaje es imperfecto. Considero que ambas expresiones, “yo” y “mi mente” son absolutamente equivalentes. Son exactamente lo mismo.

La mente es un proceso.

Esto quiere decir, que el “yo” es un proceso. Yo soy un proceso. Usted es un proceso. Ninguno de los dos somos objetos estáticos. Nosotros no somos nuestro cerebro: somos lo que ocurre en nuestro cerebro.

Por ejemplo: si alguien consiguiera transmitir los impulsos neurales a un soporte mecánico, y transmitiera así todos los nuestros, manteniendo al mismo tiempo todos los procesos y subprocesos de los que esos impulsos forman parte… la mente pasaría a estar en ese nuevo soporte, y sería la misma mente que antes.

Destruír acto seguido el cerebro, ya carente de todo impulso neural (salvo quizá los que se generen al azar ya ocurrido el traslado), no es matar a nadie. Es destruír un órgano ya vacío. Es equivalente a cortarse las uñas. El “yo” de esa persona ahora está en el nuevo soporte, y si la transmisión ha tenido éxito y todos los procesos siguen intactos, entonces esa persona sigue pensando, sigue siendo autoconsciente y sigue teniendo las mismas capacidades mentales que antes.

Por tanto, la mente es un proceso, que actualmente tiene lugar, en seres humanos, en el cerebro. Eso es un hecho actual, que no tiene por qué ser cierto en el futuro: la idea de transmitir la mente a un soporte más resistente, existe desde hace tiempo, y se han hecho ya algunos avances en ése sentido.

Por otro lado, queda claro que una mente suficientemente similiar a la nuestra, será un individuo autoconsciente, y por tanto sujeto moral y de derecho, en la misma medida que un ser humano normal. Sin importar qué “soporte” usa esa mente. Dicho de otro modo: una inteligencia artificial plena, es para mí un individuo, y tiene derechos.

Finalmente, el considerar a la mente como un proceso, permite rápidamente darse cuenta de que ese proceso se compone de muchos subprocesos. Esto es ya algo conocido: el “yo” es realmente un sistema de procesos, bastante especializados de hecho, y desde luego muchos de los subprocesos son inconscientes. Hay una vieja pregunta… a veces uno se da cuenta de que ha estado cantando una canción sin darse cuenta… ¿quién estaba cantando? La respuesta, desde luego, es un “uno de mis subprocesos, concretamente uno que actuaba de forma incosciente hasta que me dí cuenta“.

Cada vez que oigo “mi nombre es legión”, esa frase que la Biblia atribuye al (¿a un?) demonio, me acuerdo de esto… nuestro nombre es legión. El de todos nosotros.

Cuando expliqué mi concepto de “razón”, el primer principio que mencioné fué la “no contradicción”. Los axiomas no tienen prioridades, y por tanto el motivo por el que lo puse al comienzo es otro… me parece el más simple de explicar :D .

Principio de No Contradicción (PNC): Ningún aserto es cierto y falso.

Un “aserto” es una frase completa, que dice algo. “Mi perro fiel” no es un aserto, en cambio “mi perro es fiel” sí lo es. Si mi perro no es fiel, entonces el aserto “mi perro es fiel” es falso, pero “mi perro fiel” no es “falso”… simplemente, no existe. No existe mi perro fiel, es un concepto al que no corresponde ningún objeto.

Dicho esto, parece claro que “mi perro es fiel” puede ser cierto, o puede ser falso. Pero no puede ser las dos cosas a la vez.

La objeción más seria que conozco al PNC viene de la lógica estocástica o probabilística. Ésta lógica se basa en asertos que no son “ciertos” ni ”falsos” sino “probables” con una determinada probabilidad. Esto lleva a una forma de expresión que desgraciadamente hay gente que se toma de forma demasiado literal: en vez de decir que el aserto es “cierto con un 90% de probabilidades” se dice que es “en un 90% cierto“.

Conozco esta lógica, y conozco su tremenda utilidad y su funcionamiento. Lo que tambíen sé, es que la lógica estocástica no contradice el PNC… simplemente lo extiende. El aserto estocástico “mi perro es fiel (95%)” es, desde la lógica estocástica, “cierto en un 95%”… pero eso no es más que otra forma (muy útil) de modelar que el aserto “mi perro es fiel” es completamente cierto… con un 95% de probabilidades. Dicho de otro modo, el aserto subyacente (en lógica “normal”) es “hay un 95% de probabilidades de que mi perro sea fiel“. Y ese aserto subyacente se está considerando completamente cierto, y en absoluto falso.

El perro, si es fiel, no es menor fiel que en aserto “mi perro es fiel“. Simplemente, en ese caso, el perro es fiel y punto.

Asi, la lógica estocástica es una construcción que hay sobre la lógica “normal”, otro modo de modelar las probabiliades, y es muy útil. Pero no contradice el PNC.

No conozco más objeciones serias al PNC, asi que lo dejamos por hoy.

¿Por qué he llamado a este foro “Humanismo Radical”? ¿Qué es el “Humanismo Radical” al que me refiero?

Bien, intenté explicar esto en el primer aporte del blog, pero me vi limitado a escribir un resumen porque para ello era necesario que explicara las bases de mi moral, y además qué es el humanismo. Ahora que he dado cumplida cuenta de ambas cosas, puedo explayarme algo más.

Como han podido ver, toda mi moralidad se basa en un principio que, realmente, no aparece en ninguna parte en la bibliografía humanista… a menos que tengan ustedes la amabilidad de incluír dentro de ésta mis propias aportaciones.

Sin embargo, mi Sistema de Conocimiento sí es el mismo que el del humanismo: Ambos compartimos la “fe en la razón“, y yo considero que la razón, tal como la concibo, es plenamente equivalente a la ciencia y por tanto, a la razón tal como la concibe el humanismo.

Bien pues: Yo considero también, que a partir del ideal moral que he presentado, y usando la razón… se llega a los mismos principios morales que el humanismo.

La defensa de la libertad individual, de la democracia a todos los niveles, y de los derechos humanos, son para mí (al contrario que para algunos otros humanistas) medios, y no fines en sí mismos. Son medios para conseguir un bien mayor: una humanidad que crezca de forma sostenida en poder y sabiduría.

La razón me indica que son excelentes medios. Pero la razón me indica también que no pueden ser tomados de forma absoluta y dogmática: la democracia, por ejemplo, puede exasperarse hasta que se convierta en algo dañino. Un ejemplo es el ostracismo al que sometían los atenienses a sus ciudadanos, mecanismo que era sistemáticamente usado por el político más popular, para eliminar al segundo más popular. Una terrible serie de ejemplos la tenemos en las tiranías que nacen de un gobierno populista electo. Y hay muchos más problemas que pueden surgir como resultado de exagerar la democracia.

Además, la existencia de múltiples “fines” o “principios morales” nos obliga a elegir entre ellos cuando entran en conflicto. Esta elección con frecuencia es arbitraria, y cuando no lo es, muestra que hay una “jerarquía” de principios que raramente se hace explícita. Todo esto me parece demasiado complejo para mis gustos.

Asi pues, lo que yo hago para resolver los conflictos entre diferentes principios morales, es acudir a un único principio “realmente básico”, y su derivada más clara: la humanidad debe avanzar en poder y sabiduría. Todo principio moral existe si y sólo si es un intrumento, un medio, que ayuda a este principio. Todo lo que oponga a esto debe ser combatido y si es posible, eliminado.

Cuidado aquí: no estoy diciendo que si alguien se opone a este ideal debemos ponerle delante de un pelotón de ejecución. La forma adecuada de tratar un problema que se opona a principio moral que defiendo, dependerá de las circunstancias, y muy raro sería que romper el “derecho a la vida” o “libertad de expresión” fuera el modo adecuado, por mucho que estos principios sean “auxiliares” o “secundarios”.

Un ejemplo: si la reacción de una sociedad basada en mi moralidad, ante una crítica o un ataque ideológico, es la represión y el encarcelamiento, eso hará que esa sociedad sea más débil, crezca menos, sea rechazada por cada vez más gente, caiga en la corrupción y la arbitrariedad, y finalmente se derrumbe dolorosamente llevándose por delante el prestigio del principios que dice defender. Difícilmente eso va a ayudar a que la humanidad crezca sostenidamente en poder y sabiduría, más bien al contrario, la gente acabará odiando la sola idea.

Para poder actuar de forma eficiente, hay que conocer la realidad y aceptarla. Para tener una humanidad cada vez más sabia y poderosa, defiendo los mismos principios morales que son comunes a todos los humanistas modernos. Y en ese sentido, acepto la necesidad de compromisos, la libertad de defender posturas contrarias a la mía, etc, etc…

Por otro lado, al no tener ningún otro objetivo moral, absolutamente cualquier cosa va a estar justificada, si ayuda a ese objetivo moral. No tengo “líneas rojas”, sólo una dirección.

Por ejemplo: Asesinar a un bebé es, normalmente, un acto profundamente inmoral que condenaré con todas mis fuerzas. Pero mi moralidad no se basa en actos, sino en consecuencias, y esas consecuencias se evalúan de acuerdo a mi principio moral. Eso quiere decir, que puedo imaginar situaciones en las que matar a un bebé sea moralmente positivo y adecuado.

Pocas, desde luego. Pero alguna habrá. El caso típico de “qué harías si sólo pudieras matar a Hitler cuando era bebé, o no hacer nada sabiendo el curso de la historia futura” es un ejemplo. Mucho mejor sería evitar matarlo y al mismo tiempo evitar que provocara la Segunda Guerra Mundial… pero si no hay más que esas dos opciones, ni me lo pensaría un segundo, ni sufriría después remordimiento alguno: el bebé en cuestión tiene cara de muerto.

Tanto mi visión del mundo como mi moralidad se basan en un conjunto extramadamente pequeño de principios, y derivan todo lo demás a partir de ahí. A la hora de evaluar qué es justo o qué existe, no acepto ningún compromiso: lo que mi SC me dice que existe, existe, y lo que no, no - lo que la razón me dice que ayuda a mi “bien absoluto” es bueno, y lo que le dificulta, malvado. Sin excepciones, y sin “líneas rojas”.

Y en ese sentido, me considero “radical”.

Uno de los argumentos favoritos de los creyentes es que los ateos “al negar a Dios, ya estamos aceptando que existe, aunque sea como idea“. Ese gracioso argumento parte de una falacia, la de distinguir “idea” de “objeto”.

Dios no es “la idea de un ser supremo, creador del Universo”. Es un ser supremo, creador del Universo. Dios no está definido como “la idea de…” nada, sino como un ser supremo. Si Dios fuera “la idea de un ser supremo”, entonces la expresión “la idea de Dios” significaría “la idea de la idea de un ser supremo”, un gracioso galimatías[1].

Para aclarar definitivamente falacias como ésta, déjenme distinguir algunas cosas:

“glopcho prito”, “fanuncio”, “hada”, “Dios”, “la Casa Rosada” y “Richard Dawkins” son en primer lugar, expresiones. Las acabo de escribir. Cuando decimos “Dios tiene cuatro letras” nos referimos a la expresión “Dios”, que en castellano tiene cuatro letras. Cuando decimos “Richard quiere decir poder valiente” nos referimos a la expresión también, asi como cuando digo “me acabo de inventar glopcho prito para este aporte“.

Por otro lado, {hada}, {Dios}, {la Casa Rosada} y {Richard Dawkins} son también conceptos. Lo son porque las expresiones disponen de una definición, que les da un significado. El significado de una expresión, es el concepto que esa expresión nombra. La expresión “la Cada Rosada” nombra a la sede del gobierno argentino. Cuando decimos esa expresión (suponiendo que sepamos qué es), aparece en nuestra mente un modelo de cierto edificio.

Cuando decimos “las hadas tienen alas” nos referimos al concepto de hada. Ese concepto incluye el tener alas. Nótese que el concepto {hada} puede ser mucho más amplio que la definición de “hada”: La existencia de una definición garantiza que hay un concepto “mínimo”, pero la imagen que aparece en nuestra mente puede ser mucho más compleja.

Cuando una expresión carece de definición, no tiene significado. Podemos decir entonces que son expresiones sin sentido. “glopcho prito” y “fanuncio” son expresiones sin sentido (al menos en castellano). Esto quiere decir que existe la expresión, pero no existe el significado de la expresión.

Finalmente, tenemos los objetos que no son modelos mentales nuestros. Por ejemplo, la Casa Rosada. Aunque podemos decir “la Casa Rosada es una expresión de tres palabras” y también “la Casa Rosada de mis recuerdos rezuma dictadura“, en el fondo la Casa Rosada no es ni una expresión de tres palabras, ni un recuerdo en mi mente: es una casa. Rosada.

Cuando comparamos el concepto y el objeto, lo que descubrimos es que el objeto cumple las características que el concepto modela. A eso lo podemos expresar así: el concepto se refiere a, o modela el, objeto.

Al igual que pueden existir expresiones sin significado (sin concepto), pueden existir conceptos sin objeto. El concepto {hada} existe, sin duda: si no tuviera significado, usted no sabría de qué estoy hablando cuando uso esa expresión (como con “glopcho prito”). Lo sabe porque comparte un “campo semántico”, una definición… un concepto.

Lo que no existe, son las hadas. No hay ningún objeto modelado por ese concepto, y nombrado por esa palabra.

Y del mismo modo, tampoco existe Dios.

La expresión “existe como idea” es un equívoco, y cortarla en “existe” es sacarla de contexto alterando su significado. “X existe como idea” significa, nada más y nada menos, que “existe la idea de X”. Existe el concepto nombrado por esa expresión. No significa que exista un objeto al que ese concepto se refiera.

Ser ateo implica conocer la idea de Dios. Y muy raros son los ateos que no aceptan la existencia de la idea de Dios (de hecho, tan raros que yo no conozco ninguno, sólo agnósticos). En general los humanistas aceptamos que existe el concepto de Dios. Lo que no aceptamos es que exista el objeto asociado, que no es la “idea” de nada, sino el ser supremo, hacedor del universo.

 


 
[1] Es cierto, sin embargo, que sólo se puede ser ateo si se conoce el concepto de Dios, y en ése sentido, el ateísmo depende de ese concepto. El estado natural de todo ser humano es el agnosticismo, pero la creación de esa idea y su difusión hace del ateísmo la opción más lógica.