El impuesto sobre la renta y sobre los beneficios me planteó durante mucho tiempo un dilema entre moral y práctico.
¿Qué hacemos cuando queremos que una actividad disminuya, porque la consideramos negativa para la sociedad, pero no queremos o no podemos prohibirla? La gravamos con impuestos. Los impuestos son una forma que el Estado tiene de expresar su disgusto porque algo ocurra, y es una forma que por un lado es eficaz (suele disminuír la conducta) y por otro lado rentable (llena las arcas del Estado).
Por tanto, es lógico que el Estado grave las actividades que desea reprimir.
Ahora bien, el Estado también grava otras actividades, por ejemplo los mencionados beneficios y las rentas.
Y la pregunta que surge entonces, aunque sea a través de una falacia lógica, es… pero bueno ¿es que al Estado le molesta que la gente obtenga rentas y beneficios? Si no le molesta ¿por qué los grava? ¿por qué el Estado “castiga” a la gente por conseguir algo, el éxito económico, que el Estado desea que consiga? Como educador o guía de una sociedad, ahí el Estado está fracasando miserablemente.
La respuesta creo que es sencilla: El Estado hace esto porque, simplemente, necesita financiarse, y uno de los modos más fáciles de obtener riqueza es acudir al lugar y momento en que se genera. Es una “respuesta fácil”, adecuada a los tiempos en que el Estado no tenía grandes alternativas.
Hay, y ha habido siempre, una alternativa muy lógica: Gravar el patrimonio. De hecho, en algunos países se grava el patrimonio. Pero este impuesto nunca ha adquirido la importancia de los impuestos sobre la renta y los beneficios: ¿Por qué? Simplemente porque es demasiado justo. La política, mon amís, como sabrán ustedes, está fuertemente influída por los intereses de los más ricos. Y los más ricos pueden esconder mucho más fácilmente que ganan lo que ganan, que el que tienen lo que tienen: sobre todo porque pueden ocultar sus ganacias gastadas como si fueran ganacias reducidas. Por ejemplo, el yate del jefe puede ser de la empresa, y reducir con su coste los beneficios que ésta declara. En cambio, cara a un impuesto sobre el patrimonio, el que el yate sea de la empresa no le sirve de mucho al rico si la empresa es suya.
Asi que tenemos en los impuestos actuales producto del pasado, un sinsentido: Castigamos económicamente actividades que queremos apoyar. Y un consentido: El rico.
Sin embargo, hoy en día existe la progresividad del impuesto sobre la renta (rentas más altas pagan más porcentaje) lo que ha sido un gran éxito de las políticas progresistas, y de hecho hoy en día los ricos están mucho menos “consentidos” que hace apenas 100 años y aportan bastante a los ingresos de los estados… lejos de mí dedicarme a la “caza del rico”, sobre todo el países desarrollados. Simplemente considero que la totalidad del sistema no es adecuada.
El primer cambio que yo propondría es cambiar de mentalidad: Todo impuesto debería estar dirigido a evitar un comportamiento o situación que se considera negativa. Las más comunes de esas situaciones serían (a) la desigualdad social, expresada en la diferencia de patrimonio (no de renta) y (b) el daño a la sociedad. Para explicar mejor esto último, déjenme introducir un poco de economía:
En economía, se llama “externalización de costes” a la operación que permite, por ejemplo, afirmar que la energía nuclear es rentable. Es rentable porque no se calcula el precio de eliminar definitivamente la basura nuclear. Y no se calcula ese precio porque las empresas involucradas, simplemente, no lo hacen. Esa basura acumulada es un coste pendiente: algún día habrá que hacerse cargo, y además mientras tanto puede producir más costes, sobre todo si hay accidentes. Pero es un coste “externalizado” por parte de la empresa que dirige la central nuclear, y como está “externalizado”, no afecta a su cuenta de resultados y no les importa.
La respuesta del estado puede ser “internalizar” esos costes, y eso se puede hacer mediante impuestos: ¿quiere usted guardar 1 tonelada de residuos que, previsiblemente, costará 1.000.000 euros eliminar completanente dentro de 500 años, cuando tengamos la tecnología necesaria? De acuerdo, pero pague usted una cantidad ahora, en impuestos, que podamos guardar e invertir, y que el día de mañana cubra con toda seguridad ese gasto. Ésa es la idea.
Y se puede decir de otra forma, claro: “Externalizar un coste” es lisa y llanamente dañar a la sociedad. “Internalizarlo” es hacerse responsable de ese daño.
Bien pues, volviendo al tema del cambio de mentalidad: yo no veo qué impide a un Estado, calcular el nivel de presión fiscal que necesita, y aplicarlo sólo a actividades económicas que en último término quiera evitar. Evidentemente, tarde o temprano se reducirán esas actividades. Pero nada impide entonces aumentar la presión para compensar el efecto. Al final el estado ingresa lo mismo… pero la sociedad se comporta “mejor” cada día.
Y por favor que nadie piense que el estado no puede decidir qué es lo “mejor” para la sociedad. De hecho ya lo decide, y para eso está la democracia, para que al final la decisión sea la de todos.
¿Se imaginan un país donde no hubiera impuesto sobre la renta, ni sobre los beneficios? ¿donde no hubiera tasas para realizar ninguna actividad burocrática necesaria y positiva, muy especialmente la creación y mantenimiento de empresas? Eso si, un estado donde los impuestos sobre carburantes, sobre el uso de automóviles, sobre el tabaquismo, etc… compensara el efecto medio de forma que al final la presión fiscal fuera la misma de antes.
Pero ¡qué mentalidad más diferente, qué impulso al crecimiento más importante, implicaría todo esto! Y al mismo tiempo ¡qué paso adelante para cuidar el medio ambiente, para reducir el tabaquismo, para reducir todo lo que queremos reducir!
O hay algo que yo no entiendo, o la verdad, no sé a qué esperan.
[...] La economía de mercado capitalista es defendida como el sistema que, a partir del egoísmo racional de cada uno, consigue una distribución óptima de recursos. Que sea el actual no es ninguna casualidad: los sistemas económicos ineficientes tienden a desaparecer por selección natural. Desde luego no es un sistema “perfecto”, por dos motivos que pueden agruparse en dos tipos: por un lado, nuestras prioridades morales no tienen por qué ser iguales a las del mercado; y por otro lado, el mercado perfecto no existe. El mercado real sufre varios problemas crónicos, como la falta de información de alguno de los actores (a vecer por acciones ilegales), los comportamientos irracionales, o la capacidad de externalizar costes. [...]
[...] La economía de mercado capitalista es defendida como el sistema que, a partir del egoísmo racional de cada uno, consigue una distribución óptima de recursos. Que sea el actual no es ninguna casualidad: los sistemas económicos ineficientes tienden a desaparecer por selección natural. Desde luego no es un sistema “perfecto”, por dos motivos que pueden agruparse en dos tipos: por un lado, nuestras prioridades morales no tienen por qué ser iguales a las del mercado; y por otro lado, el mercado perfecto no existe. El mercado real sufre varios problemas crónicos, como la falta de información de alguno de los actores (a vecer por acciones ilegales), los comportamientos irracionales, o la capacidad de externalizar costes. [...]