Vivimos en una sociedad en constante cambio. Uno de los cambios que se han ido dando, como parte del proceso de implantación de ideas humanistas, es la progresiva equiparación de sexos, etnias y religiones en cuanto a tratamiento legal y moral. Dicho de otro modo: La reducción de la discriminación.
Esta reducción tiene un plano legal, sobre el que preferiría pasar de largo por lo que tiene de evidente. Es evidente que cualquier ley que discrimine negativamente a un grupo, impidiendo que ejerza una actividad determinada, debe ser eliminada. Diría más: El estado debería prohibirse apoyar económicamente a cualquier organización que incluyera la discriminación en sus estatutos (por ejemplo, mira qué casualidad, la Iglesia Católica). Pero dejemos esto de lado ahora.
El problema es que desde el fin de la discriminación legal, al fin de la discriminación real, hay un largo trecho: Tarde o temprano los brahamanes admitirán a un intocable como profesor de universidad. Tarde o temprano los mecánicos blancos de Kukuxklania aceptarán a uno negro. Tarde o temprano los políticos varones de al-Muchomach permitirán a una mujer en sus filas. Si desaparecen las barreras legales, la simple búsqueda de la eficiencia irá permitiendo que la discriminación se resquebraje primero, y desaparezca después. Primero llegan los pioneros, genios de su oficio capaces de hacer olvidar el “pecado” de no pertenecer al grupo. Luego un esforzado grupo de primera generación, generalmente muy eficientes (a costa con frecuencia de su vida privada). Luego el asunto va perdiendo importancia, y finalmente desaparece la discriminación.
Pero todo esto requiere una cantidad enorme de tiempo, un tiempo que se mide en generaciones, y que puede llegar a los doscientos o trescientos años. Y mientras tanto, la discriminación se sufre y está ahí.
Para intentar acelerar este proceso, uno de los mecanismos que se ha planteado e implementado son las cuotas. La idea es que una comunidad formada por individuos pertenecientes a un grupo, favorecido por la historia, tenderá a escoger como futuros miembros de esa comunidad, a individuos que pertenezcan al mismo grupo… aunque hayan desaparecido los motivos objetivos por los que esa comunidad está compuesta por miembros de ese grupo.
Para compensar esa tendencia gregaria, se obliga a los miembros de ése grupo, a escoger un mínimo de miembros de otros grupos. Ese mínimo se calcula teniendo en cuenta la cantidad de miembros de los demás grupos, que pertenecen a la sociedad en la que esa comunidad se inserta.
Un ejemplo ficticio: En la sociedad india, un 15% son hijos de los que antes se consideraban de la casta de los “intocables”, y un 5% son descendientes de la casta de los “brahamanes”. En la comunidad de profesores universitarios, todos son del grupo “brahamanes”. Cuando toca escoger nuevos profesores, se supone éstos tenderán a escoger “brahamanes”, es decir, miembros de su grupo. Asi que la idea sería poner una cuota del 15% de profesores, que deben ser obligatoriamente “intocables”.
Hay una idea subyacente a todo esto: Se supone que hay un “óptimo”. Que, si no hubiera discriminación de ninguna clase, la comunidad (”profesores”) tendría una composición de grupos (cuántos “brahamanes”, cuántos “intocables”…) diferente a la actual. Ésa es la idea que permite decir que si la composición actual es la que es, no se debe a que sea la óptima, sino a que hay discriminación. Y que para luchar contra ella, se imponen cuotas.
El primer problema de este sistema es, por tanto, saber cuál es ése óptimo. ¿Realmente es el mismo procentaje que el de la población? Supongamos que se acaban de aprobar las leyes que permiten a los “intocables” recibir educación escolar, secundaria y universitaria. El 15% de la población pueden ser intocables, pero lo son el 0% de los diplomados univesitarios, personas con título secundario y con graduado escolar: ¿tiene sentido entonces escoger a un 15% de profesores universitarios que no saben ni leer ni escribir, mucho menos han estudiado nada de su profesión?
Por supuesto que no, y lo que es más, en este caso la imposición de cuotas representa un alejamiento del óptimo, y con ello un daño objetivo a la sociedad. Precisamente el daño que se intentaba evitar: el alejamiento de óptimo, que antes era producto sólo de la discriminación, se produce ahora como producto de una cuota exagerada.
Pero este problema, que aquí se presenta de forma tan clara, en otros casos se presenta de forma mucho más sutil.
De hecho, apenas sabemos nada hoy en día sobre las diferencias, por ejemplo, entre los hombres y las mujeres. Una cuota del 50% presupone que la configuración óptima es ésa: Que los promedios de eficiencia de hombres y mujeres en, por ejemplo, política, son exactamente iguales. ¿Lo son? La realidad es que no tenemos la menor idea de sí lo son o no.
Nadie ha demostrado que los varones tienden más a buscar el liderazgo, o a interesarse por el poder político, o a trabajar mejor con las estadísticas y volúmenes de datos necesarios para evaluar una situación política. Tampoco que las mujeres pueden reaccionar mejor en situaciones de crisis aguda, o que su liderazgo es más eficiente cuando son necesarios consensos, o que se muestran menos agresivas en los conflictos. Todo esto suena bien, y hay indicios de algunas de estas cosas… pero la realidad es que no tenemos ni la menor idea, de si la mujer y el hombre promedios son igual de buenos para la política, para digirir una empresa, o para cualquier otra cosa.
Lo único que sabemos es que las diferencias no son tan graves, que la discriminación sea adecuada. Sabemos que algunas mujeres son mejores políticos que el hombre promedio (incluso mucho mejores). Y lo mismo con otras actividades (dirección de empresas, etc…).
Asi que: ¿ayudará una cuota a llegar más rápidamente al óptimo, o por el contrario nos alejará del óptimo? Una cosa está clara: Si mantenemos la cuota por debajo del mínimo esperable, nos aseguraremos de que esa ley no haga daño. Puede que no haga tanto bien como una cuota mayor, pero al menos sabremos que no hace daño.
Y eso importante. No es lo mismo que la ley permita un mal porque no sabe solucionarlo, que el que la ley haga un mal activamente porque no sabe que lo está haciendo. Lo segundo es peor que lo primero: Si no se sabe si una ley hace daño o bien, como toda ley es una forma de obligación e imposición, y por tanto una restricción a la libertad, lo lógico es no aprobar esa ley.
Asi que: Si tenemos un número de militantes femeninas de por ejemplo 30%, resulta lógico imponer una cuota mínima del 20%… algo así no puede hacer daño, el óptimo se encuentra muy probablemente por encima del 20%, asi que garantizar esa minoría es bueno. Pero ¿50%? Eso es una locura, con el estado actual de conocimientos. No tenemos ni idea de si el óptimo real es un 30%, 50% u 80%. No lo sabemos. “Los experimentos, en casa y con gaseosa” decía un antiguo profesor mío. No con vidas humanas de por medio.
Éste no es, además, el único problema de las cuotas:
- Un problema importante es que tenemos como principio moral y jurídico, el evitar toda clase de discriminación por estas razones. Y las cuotas son, queramos o no, discriminación. Llamarla “discriminación positiva” no es más que decir que nos parece positiva esa discriminación: No quita el hecho de que es discriminar, y negativamente, a los que no entran en la cuota. Se rompe por tanto un principio moral que además, en muchas sociedades, es legal e incluso constitucional, y que está reflejado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y todos los Manifiestos Humanistas (y por extensión, en las Naciones Unidas y la IHEU).
- Otro problema es que las cuotas excesivas quitan autoridad profesional al elegido. Dado que ya no se sabe si el óptimo es igual a la cuota o no, es perfectamente posible que la persona elegida no lo hubiera sido sin la cuota y sin discriminación. Ejemplo: Si se elige a un “intocable” dentro de una cuota del 15%, que no se sabe si es o no adecuada, tanto la sociedad como el mismo afectado pueden creer que su elección no se debe a que sea el profesor más adecuado, sino a que es un “intocable”. Será fácil descalificar a esta persona, su autoridad como profesor de universidad quedará seriamente en entredicho y tendrá que demostrarla de otros modos… otros modos a los que los demás profesores no tienen por qué acudir… nótese como la “discriminación postiva” aqui acaba afectando negarivamente hasta a los supuestos “apoyados” por ella.
Resulta por tanto muy claro que la estrategia de cuotas tiene unos peligros y desventajas reales y seguras. En cambio, sus ventajas sólo son seguras si la cuota es tan pequeña que no cabe duda alguna de que se encuentra por debajo del óptimo. Sólo en esas condiciones estamos seguros de estar ayudando a llegar al óptimo, y además en ese caso el segundo problema (elegido por ser “intocable”) no se produce. Así que en esos casos, puede merecer la pena.
En los demás, más vale esperar a que el sistema llegue al óptimo automáticamente, buscando la eficiencia… o a que aprendamos más y podamos estar seguros de que subiendo un poco más la cuota seguimos por debajo del óptimo.
[...] más bien (no del todo) en contra de tales cuotas, pero ya he escrito extensamente sobre esto en otra parte, asi que no merece la pena que me [...]
En el tema de la discriminación positiva me parece que anda usted extremadamente conservador (en el sentido de prudencia), o que hila demasiado fino que pierde de vista el descosido o que mata moscas a cañonazos. No veo tantas diferencias entre los sexos como para tener que esperar certezas científicas sobre sus rendimientos respectivos en la empresa o en la política. Digo yo que a lo largo del siglo XX estará bien documentado el rendimiento de las señoras llevando empresas o países. Creo que el argumento que utiliza y la misma prudencia podría aplicarse a una discusión sobre el voto femenino, porque con el voto al fin y al cabo elegimos ideologías y estrategias y creo que eso es tan importante como gobernar.
Srta. Heli, creo que no he hilado demasiado fino y que quizá usted no ha comprendido la lógica subyacente. La explico de nuevo, y disculpe que ponga mayúsculas… en los comentarios, no sé como poner negritas.
Una cuota es una ley, que DISCRIMINA, RESTRINGIENDO la libertad, con el objetivo de REDUCIR la discrminación total. Peligrosa idea, por tanto.
Si la cuota es excesiva, no sabemos si esa ley, que RESTRINGE la libertad, REDUCE o AUMENTA la discriminación. Y por tanto no hay que ponerla.
El sufragio femenino (otro ejemplo) es una ley, que ELIMINA la discriminación, DANDO libertades, concretamente la de voto, de las mujeres, sin restringir libertad alguna ni discriminar a nadie.
Por tanto, no hay ningún motivo para evitarla.
Ahora bien, tiene ustar razón en una cosa… la misma lógica la puedo usar con el voto. Y si me entero que un Gobierno es lo bastante bestia (con perdón) como para poner una CUOTA de votos femeninos o masculinos cercana al 50%, le aseguro que mi crítica será idéntica.
Un saludo.
Entiendo las diferencias entre el sufragio y la cuota y el tema de la discriminación. Lo que no me acababa de convencer es el asunto de los “óptimos” (aunque lo más seguro es que no lo acabo de entender). Puse el ejemplo de voto femenino porque según lo que dices no sabemos si la mujer y el hombre promedios son igual de buenos para la política. Pero el caso es que al aceptar su voto, ya se presupone que lo son todas, sin esperar a futuros estudios científicos. Lo que quiero decir es que aunque el sufragio de las mujeres parece mejor (en el sentido de “ético”), también se puede pensar que guarda peligros si resulta que el promedio de mujeres no son tan espabiladas, independientes o críticas en política como los hombres. Algo así se discutió cuando se debatía el sufragio femenino en la II república. Por cierto con una posición “conservadora” de la izquierda en ese tema, no sin razones.
“aunque el sufragio de las mujeres parece mejor (en el sentido de “ético”), también se puede pensar que guarda peligros si resulta que el promedio de mujeres no son tan espabiladas”
Cierto. Y por eso, si la pregunta del sufragio femenino fuera “vamos a crear una ley discriminatoria, que limita la libertad de la gente, para asegurar que el 50% de los votos son de mujeres” la respuesta sería la misma que la que doy en otros casos.
Pero el sufragio femenino NO es una ley discriminatoria (al final la ley no menciona el sexo, sólo dice “pueden votar todos los ciudadanos…”), NO restringe la libertad de nadie (empresarios, políticos, etc), y por el contrario ELIMINA una discriminación ante la ley y PERMITE una libertad (la de votar).
Por eso la situación es totalmente diferente.
Las cuotas son leyes que LIMITAN la libertad y DISCRIMINAN ante la ley. Eso son dos males. El óptimo me sirve para indicar que el único bien que producen (luchar contra la discriminación real) sólo está asegurado algunas veces. Cuando ni siquiera eso es seguro, los otros dos males hacen que debamos rechazarlo.
Pero en el sufragio femenino la situación es totalmente opuesta: Se AUMENTA la libertad (de las mujeres) y se ELIMINA la discriminación ante la ley. Es decir, tenemos dos efectos seguros positivos, y eso bastaría para aprobarlo.
Cuota alta: Mal + Mal + (No-Se-Sabe) => No
Cuota baja: Mal + Mal + (Probabilisimo Bien) => Quizás
Sufragio: Bien + Bien + (Probabilisimo Bien) => Si
Ahora bien: Tiene usted razón en que el sufragio femenino puede provocar que vote una proporción de mujeres no-óptima. Pero también sabemos que “0%” es una cuota inaceptablemente baja para las mujeres, asi que antes estábamos más lejos aún del óptimo.
De hecho se puede ver así: El sufragio MASCULINO es una cuota de 0% para las mujeres. Y como tal cuota, debe ser eliminada, ya que (a) limita la libertad de las mujeres (b) discrimina ante la ley y (c) no tenemos la menor garantía de que “0%” sea el porcentaje adecuado de mujeres que voten (de hecho tenemos la práctica seguridad de que no es así). Y por tanto, hay que eliminar la “cuota de un 0% de votos femeninos”, y por tanto, instalar el sufragio universal.
Quizá ahora lo entiende. Toda cuota garantiza dos males. Muy prudente debe ser para que garantize un bien, que puede justificar esos dos males. El sufragio universal garantiza dos bienes. Para que eso no compensara, deberíamos saber que el óptimo está mucho más cerca del 0% que del 50%. Ése no es ni remotamente el caso.
Mmm su lógica aplastante me deja sin objeciones :S
Ehm… lo siento?