Desde pequeño me han gustado los absolutos. Creo que se debe a una tendencia natural que tengo a descomponer todo en cosas más simples, o quizá una cierta vagancia intelectual: me gusta lo simple. Huyo de esa tendencia como de la peste cuando me doy cuenta de que estoy tratando temas muy complejos, pero si me dejan a mi aire, empiezo por algo simple. Ya habrá tiempo de complicarlo… si es necesario.
Eso no quita que desconfíe de las respuestas simples. Pero no porque no me gusten, realmente… son tentadoras. Simplemente, he aprendido que caer en la tentación es peligroso. A veces he dicho que “no me gustan las respuestas simples“, pero es un error, realmente sí me gustan… pero desconfío de ellas.
Cuando me convertí al ateísmo, una de las preguntas que me vi obligado a hacerme fué en qué iba a basar mi moral. Nada me hubiera impedido asumir la moral cristiana: ya hacía tiempo que había comprendido que una cosa es la moral y otra la cosmogonía. Pero la moral cristiana estaba llena de vericuetos y complejidades, de principios que se pisan unos a otros… hay diez mandamientos (bueno, realmente hay once, pero dejemos eso), y me temo que es posible encontrar ejemplos para todas las 55 posibles combinaciones de conflictos entre dos cualesquiera de ellos. Un sistema así no es simple.
Y como dije, me gustan los absolutos. Y un sistema así, desde luego, no es universal.
Porque claro, repito, a mí me gusta lo simple… “universal” significa “aplicable a todo el universo“. El universo no se acaba en la Tierra. Una frontera artificial que dijera “hasta aquí vale esta moral, más allá de esta línea de puntos, tendrás que usar otra cosa“, no me sirve. También me desagrada la idea de encontrarme con un extraterrestre inteligente que se reproduce por partenogénesis, y tener que explicarle que uno de los principios morales básicos es “honrarás a tu padre y a tu madre“. No me parece simple.
Asi que cogí mi mochila intelectual y me puse a buscar un principio moral universal. Repito: Un principio moral universal. No mas de uno, para que no hubiera, ya desde el comienzo, que establecer prioridades ni resolver conflictos. Y universal, para que el extraterrestre lo entendiera sin tener que explicárselo.
Desde luego, si hay algo que comparten todos los seres que sean producto de una evolución biológica, es el instinto de conservación. Si no como individuos, al menos como especie. Confiaba por tanto en que cualquier extraterrestre entendería eso: “los nuestros deben sobrevivir“.
Y por otro lado, confiaba en que entenderían el concepto de moralidad. Eso implica una cierta capacidad intelectual: después de unos cuantos intentos fútiles, llegué a la conclusión de que el jarrón sobre la mesa de mi casa no iba a entender nunca mis ideas sobre el bien, y que por tanto no merecía la pena concentrarse en defender la preservación de los jarrones como máximo principio moral. Éstos no van a apreciar el detalle. Son desagradecidos por naturaleza.
Lo mismo se aplica a las plantas, y como mínimo a la gigantesca mayoria de los animales. Estos sí poseen instinto de conservación. Pero, ay, no saben que lo poseen. No pueden formularlo. Y así, poco a poco, me iba acercando a un principio moral lo bastante universal como para que el extraterrestre lo entendiera, y lo bastante restringido como para no defender a tipos desagradecidos como los jarrones de mi casa.
La guinda final la puso quizá, Carl Sagan, con su gran frase “somos materia de estrellas, reflexionando sobre sus propios orígenes“. Eureka. Ahí está eso que hay que defender: la capacidad misma de reflexionar sobre nosotros mismos.
Éste es mi concepto de “bien absoluto”:
La pervivencia de la autconsciencia en el universo.
Con autoconsciencia me refiero a algo que realmente no estoy capacitado para definir de forma exacta. He hecho muchos intentos, algunos mejores que otros. Pero quizá se me entienda con lo siguiente:
- Me refiero a la capacidad de pensar “yo”. La capacidad de pensar como uno mismo, en cuanto a individuo.
- Me refiero a la capacidad de modelar nuestra propia mente, dentro de ésta. Se trata por tanto de una cierta recursividad, como si una pipa de fumar tuviera grabado en su mango, el dibujo de una pipa de fumar. La primera pipa es la real, la segunda no es una pipa, es el modelo de una pipa, mucho más sencillo. Y por eso, puede formar parte de la pipa real.
La autoconsciencia, y esto es un juicio estético mío, es algo maravilloso.
Me causa verdadera reverencia pensar que el universo, en base a leyes y hechos relativamente simples, ha sido capaz de generar la autoconsciencia. El mismo tipo de reverencia, supongo, que siente un religioso ante la idea de Dios. Autoconsciencia: seres que piensan sobre sí mismos, que reflexionan sobre sí mismos, y a la vez reflexionan sobre el universo. Materia de estrellas, reflexionando sobre sí misma.
Mi sistema moral se basa en ese único principio: la autoconsciencia debe seguir existiendo. En principio, no importa si existe en un sólo ser, o en varios… podemos suponer que “ser uno” es arriesgado, se corre el peligro de que muera “sólo uno” y nos quedemos con ninguno, asi que yo tendería a evitarlo… pero sólo si y mientras suponga un riesgo adiccional. En principio, lo que me importa es que haya autoconsciencia. El número no importa.
Tampoco importa si soy yo u otros. No me importa si la autoconsciencia es humana o no. Ni siquiera importa si esta autoconsciencia sufre… firmaría su pervivencia doliente si la única alternativa fuera la desaparición. La “felicidad” no es mi bien absoluto – es la pervivencia.
Por supuesto semejante ideal está muy, muy lejos de ser un projecto político o siquiera un sistema moral adecuado para manejarse todos los días por la vida. Es sólo el principio. Pero a partir de ese principio se puede llegar a un principio algo más concreto. Veamos cómo:
Tengamos en cuenta que la única autoconsciencia de la que tenemos total constancia, es la de los seres humanos. Admito que algunos animales pueden tener un cierto nivel de autoconsciencia, e incluso autoconsciencia plena, pero aún si es así, eso sólo significa que nosotros, como gobernantes del planeta, debemos hacernos responsables de ellos también.
Tengamos en cuenta que las ciegas fuerzas de la evolución favorecen la autoconsciencia muy rara vez. La autoconsciencia requiere un cerebro complejo, y eso requiere muchas proteínas y mucha energía. Evolutivamente, es raro que convenga ser autoconsciente. Por eso hay millones de especies que no lo son, y muy pocas (o una sola) que lo es. Dejada de la mano de la evolución, la autconsciencia seguirá siendo un fenómeno raro.
Y tengamos en cuenta que este planeta no es eterno. A menos que hagamos algo para evitarlo (nosotros, u otros seres tecnológicamente avanzados cuya existencia no nos consta), la Tierra desaparecerá abrasada bajo el sol rojo dentro de miles de millones de años. Y con ella, toda posiblidad de que la evolución de lugar o mantenga autoconsciencia sobre el planeta.
La conclusión está clara: la humanidad debe seguir existiendo. Es preciosa, como depositaria de autoconsciencia, y como responsable de la salvación de la vida terrestre más allá de lo esperable a través del curso normal del desarrollo del sistema solar… sea evitando ese desarrollo, sea exportando la vida a otros espacios.
La humanidad debe, por tanto, no sólo permanecer, sino además adquirir más poder. El poder necesario para, algún día, salir acompañada de vida terrestre, a otros planetas y estrellas… e incluso, el poder necesario para eternizar el sol.
Del principio muy general que dice que “la autoconsciencia debe pervivir”, llegamos por tanto muy fácilmente, a otro principio moral, más cercano:
La humanidad debe progresar en poder y sabiduría.
Desde luego, la sabiduría es una forma de poder, pero me gusta esta expresión porque sugiere que dos polos que muchas veces los “sabios” y “gurús” ponen como contrapuestos, son realmente complementarios. El poder, político, físico, económico… no es el enemigo de la sabiduría, cauta, calma, comprensiva. En mi mente, al contrario que en la de los ascetas religiosos, ambas cosas son complementarias, no enemigas. Necesitamos ambas.
A partir de ese “segundo principio único”, yo desarrollo mi moral, usando la razón para deducir más y más reglas y principios, o para juzgar casos concretos. La democracia, los derechos humanos (o animales), el liberalismo… todo esto será bueno porque, y mientras, ayude a que la humanidad progrese en poder y sabiduría.
Y al igual que los seis axiomas de la razón me permiten deducir la existencia de todo el universo, mi principio moral me permite hacerme una idea bastante clara de por dónde debemos ir.
Cuál es esa idea, es el contenido de todo este blog.
[1] Literalmente cierta en un buen porcentaje de nuestra masa, esta frase es de Carl Sagan, en la serie documental “Cosmos”.
Que hermosa manera de narrar a escogido. He disfrutado y degustado a tal grado cada una de sus palabras que se me ha hecho corto el aporte, pero para consolarme he recordado aquello que dice: “De lo bueno, poco.”
Gracias, Mor.