Hace un tiempo tuve una breve conversación, bastante tonta, con una persona que insistía en que un árabe no puede ser antisemita porque los árabes son semitas. Desde luego, eso equivale a decir que una persona sin armas no puede alarmarse (“¡al arma!”): confundir la etimología de una palabra con su significado actual. El antisemitismo es, básicamente y desde un comienzo (Wilhelm Marr y su “Liga por el Anti-Semitismo”) una postura contraria los judíos – concretamente, contraria a los judíos como pueblo, y a su influencia en las demás culturas.
El antisemitismo es una forma de racismo. Discriminar a un grupo de personas por ser judíos “estando en contra” de ellos por el motivo que sea, es algo fácil de condenar usando mi moralidad. Aparte de mi forma personal de modelarla, es algo explícitamente condenado en el humanismo.
El antisionismo, por el contrario, es otra cosa: Aquí se está en contra de una ideología. Nadie obliga a un judío a ser sionista, y de hecho algunos son rabiosamente antisionistas.
El sionismo surgió como el movimiento que apoyaba la creación de un Estado judío en Palestina. El mismo planteamiento sionista era en su momento nacionalista, y discriminatorio: No se trataba de crear un estado cualquiera, sino un Estado específicamente judío. Se entienda el judaísmo como una cultura, como una etnia o como una religión, en cualquiera de los tres casos se está impulsando un estatuto legal que diferencia “judíos” de “no-judíos”, y con ello impulsando algo contrario a los derechos humanos: La discriminación de los ciudadanos ante la ley, por sus creencias religiosas, su cultura o su origen étnico.
Más más INRI, el sionismo actual puede tomar dos formas: En una de ellas, defiende un Estado de Israel limitado a las fronteras de 1947, o al menos las de 1949 (también llamadas “fronteras de 1967″ por el año mencionado en una resolución de la ONU que exige la retirada a ellas). Semejante “sionismo” equivale a la preservación de Imperio de la Ley y el estado actual de la legalidad, con lo que se confunde con otras posturas políticas (como la mía) que no parten del nacionalismo pero defienden ese mismo retorno.
Pero otro sionismo, el claramente distinguible como tal, es el expansionista, el que defiende la ocupación de los territorios que en 1967 aún no formaban parte de Israel y que ahora deberían formar parte del Estado Palestino de acuerdo a los acuerdos de paz firmados por ambas partes. Ése sionismo no es sólo nacionalista y discriminatorio: es también imperialista.
A ese sionismo le conviene que confundamos antisionismo con antisemitismo. Que creamos que toda persona que se enfrenta al Estado de Israel es un racista, y a ser posible, que creamos que es nazi o fundamentalista religioso. No les hagamos ese favor.
El nacionalismo suele provocar este tipo de situaciones. Se acusa al antinacionalista de estar en contra de la etnia o nación que estos defienden, cuando en realidad, como bien dice, sólo se está en contra de la ideología nacionalista que estos representan.
Es lo que ocurre cuando se escribe sin apenas tiempo. Cuando mencionaba lo de “etnia o nación”, con “nación” me refería simplemente a la gente englobada en cualquier idea de nación, no a las ideas asociadas al concepto de nación, de las que sí estoy en contra.
La palabra “antisemita” tiene una carga simbólica lo bastante fuerte como para no tener que recurrir a otras acusaciones para rebajar al otro debatiente. En nacionalismos independentistas (los cuales sufro diariamente) se suele usar otro tipo de acusación: la de ser nacionalista enemigo, que suele ser el que defiende que el territorio de su nación equivale al del estado en cuestión. Sería como acusar de sionista a cualquier persona de ascendencia judía que critique el islamismo radical.
<< leyendo, asintiendo.