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Archive for the ‘Mundo Ideal’ Category

Éste horror absoluto ha sido necesario para sacarme de eRepublik y hacerme escribir un aporte. Y lo siento, soy un cretino, no me refiero a Haití (si no digo nada de ésas cosas es porque no tengo nada que decir que no sea obvio y que no se haya dicho ya alto y claro).

Bueno pues… una persona de hoy en día ha visto ya en televisión muchas cosas…

Los anuncios, anunciando cosas. Ok, para eso están.

Los anuncios, anunciando el programa. Lo que tiene su punto curioso, porque viene a decir “esto que les ofrecemos ahora es peor que lo que podrán ver luego”. Caray ¿y por qué no ponen lo bueno dos veces, simplemente? Pero en fin.

Las cosas, anunciando el programa: ¡Compre usted las figuritas animadas de la nueva serie de televisión de la HBO! El primer movimiento que realizarán será tener sexo, como en la serie de verdad. El argumento viene luego.

El programa, anunciando cosas: “Oiga, es que yo vengo a hablar de mi libro”, o bien esa propaganda subliminal que nos meten ya como si fuera normal, el protagonista fumando Malporro y cosas así.

El programa, anunciando otro programa: Esos noticieros repelentes que terminan con, por ejemplo, la gran noticia de que se ha estrenado la película “Potoman 3: The Final Beginning”, y por cierto, ya que estamos, sigan atentos a las pantallas que ahora viene en esta cadena “Potoman 2: The Dark Return Strikes Again”.

Pero lo que he visto estos días ya no tiene precio (bueno, es una frase hecha…): En un programa de televisión, antes de que aparecieran los anuncios, el presentador nos vino a decir “Bueno, y ahora, permanezcan atentos, porque despúes de la pausa, si llaman al teléfono 3141592 y dicen cuántos anuncios han habido en ella, pueden ganar un chupachús“.

¡Me cxxo en la pxxa lxxxe y en la mxxxe qxe lxs pxxxó!

Pero bueno, si los anuncios no tienen ningún puñetero interés, y por eso no los vemos, ¿creen acaso que nos pueden obligar a ponernos a contarlos con semejante tontería, que además les permite hacer propaganda cuando lo que deberíamos estar viendo, de acuerdo a las leyes audiovisuales, es el programa, con el contenido anunciado?

Señores publicistas: Que sepan que semejante cosa me hace zapear y no volver al canal en tantos días como tardo en olvidar en qué canal ha ocurrido, y ya es la tercera vez que pasa y poco a poco se me está quedando el nombre de ese maldito canal ya permanentemente.

Hale, ya me he desahogado. Disculpen las molestias, y ahora cuenten los comentarios, y si aciertan, tienen mi permiso de darse con un ladrillo en las partes.

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¡Propaganda! (3)

De la serie “vivir en Moredania”

Tom y su amiga tienen pensado ir al cine, pero casi llegan tarde. Estaban en un restaurante cercano comiendo en el buffet libre y haciendo tiempo, pero con la conversación por poco se olvidan.

– Oh-oh, deberíamos pagar e irnos ya, Tom.

– Pero la película no comienza hasta las 20:30…

– Ya, pero la propaganda comienza media hora antes.

– ¡Ah! ¡Pues vamos!

Los billetes ya estaban comprados, asi que escojen una buena plaza y se sientan con un buen café en las manos. Disfrutan de veinte minutos de propaganda, comentando con gestos qué películas desearán ver y cúales no. Luego hay un corto de cinco minutos, que siempre se agradece. Y luego comienza la película.

Son sólo diez segundos los que permanece la carátula, pero hay tiempo para ver unas cuantas cosas en ése formulario estándar y obligatorio que aparece durante unos segundos inmediatamente antes de la película:

La advertencia de que se trata de material con copyright. Piratear es mala idea, sobre todo en Moredania.

Quiénes son los productores, distribuidores, y directores de la película.

Para qué edades está recomendada. En el cine se sienta algún niño a pesar de la clasificación de “el espectador deberia ser sexualmente activo”. Por supuesto, una recomendación es una recomendación, no una obligación.

Algunos iconos que rápidamente indican algunos aspectos del film: El color del puño cerrado, por ejemplo, indica las condiciones laborales de los que han trabajado en ella, el color del árbol indica el cuidado medioambiental que se ha tenido al producirla. Pero a Tom lo que más le interesa es el icono del libro:

  • Libro rojo: “Esta obra contiene, en su argumento principal o reseña, elementos contrarios a la verdad científica establecida en el momento de la evaluación“.
  • Libro naranja: “Esta obra contiene elementos secundarios contrarios a la verdad científica establecida en el momento de la evaluación“.
  • Libro amarillo: “Esta obra contiene elementos principales no corroborados por la ciencia“.
  • Libro blanco: “Los elementos principales de esta obra han sido corroborados por la ciencia“.
  • Libro plateado (algunos lo llaman “metal” y otros “platino”): “Esta obra puede ser considerada material educativo o documental, ya que los elementos no corroborados son triviales y plausibles“.

Tom ve el libro amarillo y no se extraña en absoluto: tratándose de una película de ciencia-ficción, el amarillo es lo máximo a lo que puede aspirar. Pero le alegra, porque aunque en Moredania hace mucho que los productores se lo piensan dos veces antes de estropear su obra con tonterías científicas, esta película es extranjera, y por tanto ese icono muestra que es una de las nuevas obras que los productores extranjeros filman pensando también en el mercado moredanio.

En ciencia-ficción, eso significa que no habrá ruidos en el espacio, que las naves se moverán por inercia y no serán aerodinámicas (a menos que esté pensado que aterricen en algún lugar con atmósfera), que los extraterrestres no tendrán curiosamente todos forma de humanos con maquillaje, y que los planetas exoticos no tendrán por sistema aire respirable y comida alimenticia.

Se lo comenta con un gesto a su compañera, pero ésta no tiene tiempo de ver a dónde apunta su dedo, ya que la película comienza.

Tom ha ido al cine en el extranjero. Le resultaba muy confuso averiguar cuándo por fin empezaría la película. Primero vió un pegaso y se extrañó (aquella pelicula era, se suponía, histórica). Luego una larga escena con un niño sobre la luna. Y luego unas barras de oro que reflejaban unas casetas. Y luego unas estrellas que se transformaban en… cuando Tom, muy irritado, vió la primera escena de la película, creyó durante bastante segundos que era el comienzo de la carátula de OTRO implicado. ¡Vaya forma de empezar a ver una obra de arte!

Asi que se alegra de estar en Moredania. Tras la carátula, no hay más información de ninguna forma sobre la película. Lo que viene después es, siempre, la pelicula misma, el escenario que la obra presenta, y no cómicas letras sobreimpuestas explicando cosas y distrayendo.

Durante la película se fija en una actriz y se pregunta quién será.

Terminada la última escena, por tanto, y con la pantalla ya apagada, camino de la salida, se detiene un momento en uno de los carteles informativos (y obligatorios) que hay en la sala. Ahí puede leer, en el apartado dedicado al reparto, el nombre de la actiz en cuestión, fácil de localizar por la foto. Ese formulario también es estándar, asi que basta con un vistazo al lugar apropiado.

Recuerda cuando fué al cine en el extranjero. No había carteles en la sala, ni en la entrada, y como quería saber cuál era la música que sonaba en una escena, tuvo que esperar diez minutos mientras… ¡aparecían informaciones interminables en la pantalla! ¡en la pantalla, nada menos! Estuvo a punto de gritar “¡delito ecológico! ¡policía!” pero recordó a tiempo que no estaba en Moredania.

Sonriendo, sale al cielo nocturno y la ciudad. Las luces de la calle siempre le han parecido futurisas, perfectas para la película que acaba de ver.

Sonríe y mira a su acompañante.

– ¿Qué? ¿Qué tal?

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Una reflexión sobre lo contrario.

Se dice que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento“. Ése principio debe ser (no lo he mirado) bastante antiguo, y en cierto modo es inevitable. Si bastara con ignorar la ley para poder saltársela, conocer la ley sería una desventaja para muchas personas, y sería muy difícil hacer cumplirla.

La ignorancia, si es demostrada, puede ser un atenuante, pero no un eximente. De acuerdo.

El problema es que en los últimos siglos la ley se ha vuelto extremadamente compleja.

Hemos pasado de sociedades donde todo el mundo sabía qué estaba permitido y qué no, a sociedades donde saberlo requiere una cantidad considerable de tiempo y esfuerzos. Y de ahí a sociedades donde conocer la ley es el privilegio y cualidad de unos pocos especialistas, que de hecho ni siquiera suelen conocer toda la ley: sólo la parte de la que son especialistas.

Y es que “toda” la ley, se ha convertido en algo inabarcable.

Y eso me lleva a preguntarme: ¿podemos acaso esperar que todo ciudadano actúe de acuerdo a una ley que no puede conocer? ¿tiene sentido, esto?

La realidad actual es que la gente sigue una “ley consuetudinaria” que mezcla dos aspectos: Incumplir las leyes cuando conviene y “todo el mundo lo hace”, e intuír que lo que uno mismo considera “malo” es probable que esté prohibido, y lo que considera “bueno” esté permititido.

El hecho de que muchas veces acertemos es una de las ventajas de la democracia: la ley ha ido adaptándose a la moral de la mayoría. Pero no por eso deja de ser un sistema penoso.

Llevo mucho tiempo pensando que toda sociedad racional en este asunto, debería:

  • Crear una ley general simple. La simplicidad debería ser un factor muy importante a la hora de aceptar una ley. Para conseguir la simplicidad, debería recurrirse por ejemplo a aumentar la discreccionalidad de los jueces, al tiempo que se ponen esas decisiones en manos de tribunales y no de jueces individuales. También deberían eliminarse las repetidas instancias, al menos en muchos casos.
  • Separar esa “ley general” que rige el comportamiento habitual de los ciudadanos, de las leyes que sólo son aplicables a personas que tienen una determinada responsabilidad o viven en un determinado sitio. “Cómo fundar una empresa” no debería ser parte de la ley general que todos deben conocer, sino de la ley que sólo debe conocer quien quiere fundar una empresa.
  • Enseñar esta ley general, simplificada, en los ciclos educativos obligatorios. Todo ciudadano debería aprender la ley general. No podemos exigirle a la población que tega un conocimiento cabal de la ley si no se la enseñamos en la educación obligatoria.

Soy consciente de que pueden haber grupos de presión que estén en contra de éste tipo de medidas: si todo el mundo puede hacer un trámite, defenderse a sí mismo, acusar de forma precisa a alguien ante un tribunal… hay colectivos que perderán su sustento.

Pero yo no me denominaría un “humanista radical” si las pegas de la realidad me impidieran hasta expresar mis sueños…

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¡Propaganda! (2)

De la serie “vivir en Moredania”

El Sr. Cuser estaba mirando la televisión. Ya había acabado la película, asi que era posible que llegara propaganda. Al Sr. Cuser le encantaba la propaganda. ¡Era tan informativa! “Si no ves propaganda” – pensaba – “¿¡cómo pretendes saber qué posibilidades tienes!?“.

Asi que se fué corriendo a la nevera para sacar agua fría, lamentando perderse el primer anuncio.

Y cuando volvió es cuando ocurrió el asunto: Era una propaganda nueva, al parecer traducida de otro país. Al final se veía una jarra de mermelada y se escuchaba al locutor: “¡Mermelada Pinocho! ¡Nunca has probado nada igual!“.

El Sr. Cuser, asombrado, llamó por teléfono a una amiga suya, que había conocido en un asunto anterior con cierto tríptico, y que trabajaba en los Juzgados de Consumo. A esta amiga, Naría Funcio, le gustaba la mermelada, asi que le preguntó si había estado viendo la propaganda – ¡una mermelada tal, que nadie en Moredania, nunca, había probado nada igual!

Naría no la había visto. La cosa no era muy rara, Tom había estado viendo un canal público sobre Historia del Arte, que no tenía mucha audiencia. Pero en cuanto le contó lo de la mermelada, resultó que Naría ya la conocía.

– Si, hombre, tenemos el caso aquí, en los laboratorios lo están tratando. Parece que mandaron el anuncio sin que nadie de su empresa conociera las leyes moredanias. Mira, en realidad… no debes fiarte de esa propaganda.

¡”No debes fiarte de ésa propaganda“! Tom estaba asombrado. ¿No fiarse de la propaganda? Los amigos pueden mentirte. La familia puede mentirse. Tu esposo puede mentirte. Pero… ¿la propaganda? ¿Algo que ven cientos, ya quizás miles, de personas, hecho por profesionales? ¿Algo público y de lo que quedan registros por todas partes? ¿Algo que se hace con ánimo de lucro? La propaganda… ¿¡mintiendo!?

– …la verdad es que probablemente es una mermelada bastante común.

Cuser pudo balbucear un par de cosas antes de colgar. Pensaba en la cantidad de gente que compraría la Mermelada Pinocho, convencida de que iban a probar algo “que nunca antes habían probado”. Pensó en esos cientos y cientos de personas decepcionadas. Y luego pensó en los niños que hubieran visto la propaganda, y decidió dejar de pesar en ello porque se estaba poniendo agresivo.

Dos semanas después vió en las noticias criminales, que tanto le gustaban, la detención de los representantes de la empresa Pinocho S. A. en Moredania, justo con la nacionalización y subasta de sus almacenes y la demanda puesta en Interpol, con petición de extradición de los responsables del departamento de márketing the Pinocho S.A.

¡Esa propaganda mentía, y cómo! No era sólo que alguien alguna vez lo hubiera hecho (cosa que ya habría merecido multas) sino que los laboratorios habían podido demostrar, sin lugar a dudas, que más del 95% de la población moredania había consumido alguna vez en su vida, mermeladas que no eran capaces de distinguir, por mucho esfuerzo que pusieran, de la Mermelada Pinocho. Cuser miraba indignado todo esto y murmuraba:

– ¡Propaganda de miente! ¿A dónde vamos a parar?

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¡Propaganda! (1)

De la serie “Vivir en Moredania”

El Señor Tom Cuser volvió del trabajo para encontrarse las pruebas de un delito en el buzón de correos.

Tom sabía ya qué debía hacer en esos casos: no sólo se aprendía en todas las escuelas de Moredania en el ciclo educativo obligatorio (como todas las leyes) sino que la televisión se encargaba de repetirlo en programas de gran éxito como “Derechos del Consumidor” y “La Mafia del Restaurante“.

Sacó con cuidado las cartas y revistas del buzón sin tocar en ningún momento el tríptico de propaganda de un nuevo restaurante asiático: la evidencia. Y llamó a la policía.

La policía, avisada de la naturaleza del delito, no acudió hasta la mañana siguiente, cuando Tom estaba en el trabajo. Sacaron el tríptico con todo cuidado, analizaron huellas dactilares parciales en la zona frontal del buzón, e hicieron los análisis mínimos para asegurarse de que el letrero que había en el buzón del Sr. Cuser había sido realmente puesto hacía más de un día.

En el letrero ponía: “No spam”. No era el mensaje estándar pero se le parecía lo suficiente y estaba perfectamente claro. El tríptico cumplía los dos requisitos básicos para ser propaganda ilegal: no tener la dirección de Tom Cuser, y no estar facturado por la Agencia de Correos. El delito estaba claro.

Le dejaron una carta explicativa al Sr. Cuser.

Gracias a los datos de facturación e impuestos fué muy fácil obtener la dirección de la empresa a la que el restaurante había encargado el reparto de propaganda. Se detuvo a varios trabajadores y se les interrogó para averiguar si la empresa presionaba a sus trabajadores para que cometieran actos ilegales. Ocurría poco, generalmente eran los propios trabajadores los que se arriesgaban para ganar un plus de productividad. Por supuesto, tanto los trabajadores involucrados como las empresas eran por lo general inmigrantes, gente no acostumbrada a Moredania que aunque conocía las leyes (todo inmigrante las aprende en los Cursos de Integración) no conocía la eficacia y el interés de la policía moredana. Gente de otras culturas, que aún consideraban estas cosas como delitos “no graves”.

En este caso, entre sollozos, varios trabajadores admitieron que la empresa les presionaba. Triste asunto, sobre todo porque el atenuante más poderoso de la ley moredana para estos casos (“extorsión capitalista en primer grado”) tenía poco efecto con unos inmigrantes que podían vivir de la ayuda social al menos tan bien como en sus países de origen, y por tanto no necesitaban realmente el trabajo.

Una vez investigado el asunto, se descubrieron cientos de trípticos puestos en buzones donde claramente se exigía que no se pusieran: Los dueños habían sido menos rápidos que el Sr. Cuser, pero por supuesto sus llamadas telefónicas fueron atendidas y su testimonio grabado y usado.

La empresa fué inmediatamente nacionalizada y sometida a subasta, y los dueños fueron acusados de Atentado Ecológico sin atenuantes (sin atenuantes, habian usado papel ¡no reciclado!), Molestias al Consumidor y Extorsión Capitalista: Un año de prisión, inhabilitación para dirigir empresas o departamentos de márketing por veinte años, cualquier otro tipo de empresa o departamento empresarial en cinco, y un 50% más de impuestos por tres años.

Los empleados culpables fueron castigados con multas, pero se puso la sentencia en suspenso porque después de todo sí habían sido víctimas de extorsión capitalista, aunque no fuera en primer grado, y también porque colaboraron con la policía y mostraron (a juicio de los tres jueces) “profundo y sincero arrepentimiento”.

El caso salió en la televisión, uno de los pocos casos de empresas de propaganda ilegal. Los dueños fueron llevado, esposados y frente a las cámaras, a juicio y luego a la cárcel.

El Sr. Cuser recibió otra carta, esta de la policía (y con dirección), en que se le daba las gracias y se le anunciaba una rebaja del 5% de impuestos a un año por haber ayudado a desarticular una organización criminal.

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La lección de Joseph Patrik Kennedy.

Se atribuye esta anécdota a Joseph Patrik Kennedy (1888-1969): Allá por los a~os veinte, un limpiabotas conversó con él mientras trabajaba, sobre el estado de la bolsa. Los limpiabotas eran en aquellos tiempos muy comunes, e igual que muchos peluqueros y taxistas hoy en dia, hablaban con la clientela cuando se prestaba la ocasión. El limpiabotas había invertido en bolsa, como casi todo el mundo en aquella época, y le comentaba entusiasmado las ventajas y motivos de su inversión, y lo que creía que pasaría en el futuro.

Tras esa conversación, J. P. Kennedy decidió vender todas las acciones en bolsa de la familia: “Un negocio en el que hasta un limpiabotas cree saber del tema, no es lo bastante serio para la familia Kennedy“. Poco después el “crash” de la bolsa se llevó los ahorros de millones de estadounidenses, suponemos que también del limpiabotas. Durante la Depresión, la familia Kennedy se convirtió en una de las más ricas de los EEUUA.

El comentario, desde luego, peca de clasista: J. P. Kennedy probablemente no habría dicho lo mismo si los consejos hubieran venido de un cirujano, en principio igual de poco entendido sobre los vericuetos de la bolsa. Pero también encierra una gran verdad: Allá donde los desinformados compiten con los informados por los beneficios, se convierten en víctimas.

En el póker, si alguien gana X, siempre es a costa de que los demás pierdan, en su conjunto, X. Eso hace que la suma de las ganacias de cada uno, restando las pérdidas de cada uno, sea siempre cero. Si hay tres jugando y comienzan cada uno con 100 euros, y luego el primero tiene 150 y el segundo 120, el tercero tiene que tener necesariamente 30 euros. Los euros se mueven, pero no aparecen más (ni desaparecen). Por supuesto, si alguien introduce más euros en el juego también hay que tenerlos en cuenta en el cálculo inicial, pero la lección es ésta: El póker es un “juego de suma cero“.

La economía no lo es, muy al contrario: En el libre mercado, si todo funciona bien (de forma transparente), yo pago siempre menos del valor que tiene para mí, lo que obtengo a cambio. Si cambio 100 euros por una vasija, es porque esa vasija vale para mí más de 100 euros. De lo contrario no me merece la pena el cambio. Pero lo mismo vale para el vendedor: Para él, la vasija vale menos que 100 euros, y por eso me la cambia por mis 100 euros. Es decir: Ambos ganamos. El comercio está basado en la idea de que todos pueden salir ganando si se distribuyen los bienes. La economía no es un juego de suma cero (y por tanto la idea de que “los países ricos lo son porque explotan a otros” es falsa, aunque también encierre verdades).

Pero a pesar de eso, a pesar de que la bolsa puede subir sin que necesariamente nadie tenga que perder por ello, la especulación sí funciona de forma parecida a un juego de suma cero: Los especuladores apuestan sobre el futuro, y para poder apostar que algo subirá necesitan a alguien que apueste que bajará. Uno de los dos saldrá perdiendo.

Y en ése entorno, los informados no sólo tienen las de ganar, sino que buscarán las ganancias que vayan más allá del crecimiento normal de la economía, y eso quiere decir: Buscarán que otros pierdan y ganar con ello. Es decir, intentarán sacarle el dinero a los otros. Especialmente a los menos informados.

Por eso, invertir personalmente en bolsa es un suicidio económico, a menos que uno realmente esté dispuesto a dedicarle al análisis de las empresas en que invierte el mismo tiempo (o un tiempo comparable) que el que le dedica un profesional del tema (lo que además implica dispuesto a formarse para poder realizar esos análsis).

En caso contrario, jugar a la bolsa es tan torpe como jugar en el casino. Por supuesto que “puedes” ganar, existe la posibilidad, y algunos (pocos) ganan. Pero lo normal, lo esperable, es que pierdas, porque la banca vive de ello – si los juegos estuvieran diseñados de forma que uno tendiera a ganar, el casino quebraría.

He visto a tanta gente arruinarse o perder partes substanciales de sus ahorros haciendo esto, que me planteo si no se debería simplemente prohibir a los “no interesado” invertir en bolsa. ¿Y cómo puede hacerse eso?

Sugiero que las acciones deberían tener un valor tan elevado que impidieran la inversión “amateur”, y que cualquier otro modo de soslayar este impedimento debería ser detectado y prohibido a su vez.

También sugiero que las acciones deberían tener un tiempo mínimo de posesión, por ejemplo tres meses: Nadie debería poder comprar una acción para venderla inmediatamente. Y de nuevo, cualquier intento de soslayar esto usando derivados o intermediarios debería ser detectado y prohibido.

La bolsa es un buen modo de obtener capital, es un termómetro impagable de la economía, y es una estupenda forma de invertir para quienes saben de ello (el dinero propio, y el de sus clientes). Pero el capitalismo de masas y la especulación a corto plazo, convierten a la bolsa en una piscina llena de pececitos inocentes y tiburones maníaco-depresivos.

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Análisis de soluciones.

He presentado ya un análisis de un problema grave del sufragio universal, y he comentado dos posibles soluciones: Hacer que los votantes se interesen en política, o dejar votar sólo a los que se interesan.

Ambas soluciones tienen el mismo efecto básico: Subir el precio del voto. Manipular a personas informadas es muchísimo más caro que manipular a personas desinformadas. El precio puede subir hasta tal punto, que a los que desearían influír en los votantes les resulte más barato (y menos arriesgado) adaptarse a los nuevos votantes. Por ejemplo: Si uno produce tabaco y quiere impedir que sea elegido un Presidente que desea limitar la publicidad de tabaco, lo común es subvencionar la carrera política de los que a cambio estén dispuestos a no limitarla. Con un bajo precio del voto, esa estrategia funciona. Pero si el precio del voto sube demasiado, la cantidad de dinero (y de riesgo) que se necesita para conseguir el efecto puede ser tan elevada, que sea más rentable invertirlo en producir otros productos que no estén en la “línea de tiro” de la opinión pública (por ejemplo, pantalones vaqueros).

La primera solución, “educar a los votantes” me parece utópica y en último término paternalista: activistas e idealistas llevan siglos intentando que la gente se “interese por la democracia”, con resultados bastante escasos. Pero además, hay un problema de principio: ¿quién dice que tengamos la obligación de interesarnos por la política? Desde luego, un buen ciudadano se interesa por la política. Y ayuda a las ONG, es un buen profesional, es honesto, cuida de sus hijos, es amable con los extraños, rechaza los prejuicios, cuida su salud, consume productos saludables obtenidos por comercio justo, cuida del medio ambiente y ayuda a las ancianitas a cruzar la calle ¡pero por favor, no vamos a pretender que son obligaciones ineludibles que deben ser entrenadas por ejércitos de voluntarios metomentodo que controlen cada aspecto de nuestras vidas!

Si rechazamos un estado totalitario, no podemos pretender que los ciudadanos sean “perfectos”. Tampoco a la hora de interesarse por la política, y menos aún para no ir a votar voluntariamente si consideran que no están lo bastante informados. La votante medio usará argumentos tan sólidos como que “me gusta esta candidata porque es madre y ama de casa como yo” y la votará (que el femenino no les confunda, lo mismo vale para los varones).

Asi que sólo queda la otra solución: Que sólo puedan votar los que se informan. Pero claro ¿quiénes son “los que se informan”, y quién lo decide?

El sufragio universal ha sido limitado históricamente con criterios que poco o nada tienen que ver con la capacidad del votante o su nivel de información: Sexo, ciudadanía, nivel económico y raza han sido algunos de los criterios. Aunque el nivel económico es, de ellos, el más serio, me recuerda siempre un diálogo que leí en alguna parte hace mucho, y que era más o menos así:

– Resulta absurdo que el voto de Don Miguel de Unamuno, gran filósofo, valga lo mismo que el de, por ejemplo, un barrendero.

– Cierto. Es difícil que el “Buen Doctor” sepa tanto sobre la dureza de la vida, las injusticias, la opresión, la lucha para dar de comer a tu familia, el estado de las ciudades, la pobreza, el clasismo, la arrogancia de los funcionarios, la corrupción de los jueces o la violencia de los gendarmes… como el barrendero. Pero qué le vamos a hacer, la democracia es así.

Entonces ¿no hay ningún criterio válido para restingir el voto? Opino que el interés lo es. Y que el interés se demuestra con esfuerzo.

Considero que una persona que ha llevado a cabo un esfuerzo voluntario y consciente, en aras de tener la posiblidad de votar, tenderá a pensarse dos veces su voto. Tenderá a interesarse por los temas que se tratan y por los candidatos. Y por tanto, acabará estando mucho mejor informado que el ciudadano promedio.

Y de ahí parte mi idea, porque desde mi punto de vista, medir el interés y el esfuerzo es bastante fácil: Simplemente exíjase a toda persona que quiera votar, que se pasen un cierto tiempo de su vida trabajando para el Estado. Haciendo lo que el Estado necesite que se haga, a cuenta suya.

Por supuesto que algo así habría que organizarlo bien: deberían haber tareas factibles para cualquiera (incluyendo, por ejemplo, discapacitados físicos), y los futuros votantes no deberían perder su puesto de trabajo ni sufrir más consecuencias negativas que las inevitables por estar trabajando para el Estado. Pero eso son detalles técnicos que se pueden resolver.

Así la masa de votantes ya no sería tan fácil de manipular, y el nivel de votos manipulados disminuiría, aumentando la calidad de las decisiones políticas.

Nadie puede exigir a los ciudadanos que se interesen en política. Pero sí puede exigirse que se interesen si quieren votar.

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