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Archive for the ‘Sexo’ Category

Estoy ahora mismo escuchando a The Communards, uno de los grupos más significativos para el movimiento de liberación homosexual, al menos en occidente. Eso me lleva a hablar de nuevo del tema (que ya traté aquí y aquí). Y en realidad, si me fijara sólo en mi alrededor, sería un tema superfluo: en mi entorno, la orientación sexual no tiene más importancia que una curiosidad, y a veces ni eso. Pero soy consciente de que en la mayor parte del mundo, las cosas son muy diferentes.

Tengo un problema básico, y es que no existe una palabra para definir mi postura respecto a la homosexualidad. En realidad, yo podría usar “sentido común”, pero comprendo que eso significa cosas diferentes para diferentes personas. Antes de hacer mi propuesta (porque no creo estar sólo) déjenme explicar mi situación.

Soy heterosexual. Profundamente heterosexual. De ésos que no entienden qué puede tener de atractivo un cuerpo masculino, de los que piensan que si fueran mujeres, serían lesbianas. De los que les da asquito pensar en determinadas cosas (agradezco mucho a Ralf König que sus caricaturas no sean demasiado realistas).

Al mismo tiempo, comprendo que mi vida sería (o habriá sido) más interesante si fuera bisexual. Más posibilidades, después de todo. Pero es una reflexión intelectual, todas las aproximaciones (puramente mentales) que he hecho al tema me han convencido de que no tengo remedio.

Al mismo tiempo, sin embargo, y de forma igualmente visceral, odio la homofobia.

He sido educado para comprender y aceptar que alguna gente es bi- u homo-sexual, o cosas mucho más raras. Que toda persona con un poco de imaginación tiene algo de “pervertido“, y que el hecho de que no me gusta el hígado de ternera no significa que tenga que pensar mal de aquellos que lo combinan con un buen tinto. No sólo eso, sino que he aprendido a lo largo de mi vida bastante sobre la lucha por la igualdad de los homosexuales: conozco su sufrimiento, sus problemas y la historia de su lucha. Conozco sus enemigos, que en muchos casos son los míos (el fanatismo, la ignorancia). He aprendido sobre la vida y obra de grandes homosexuales (como Mark Ashton), y de homosexuales grandes (como Alan Turing).

Y todo ello hace que no tenga palabras amables para la homofobia. Además de ser antinatural, lo que no tiene la menor importancia fuera de la tremenda ironía (homosexualidad hay en muchas especies, homofobia sólo en la nuestra), más allá incluso de ser una de las “grandes formas” de discriminación, como el racismo, el sexismo, el clasismo y la xenofobia… lo mío con la homofobia es algo especial. He visto a inmigrantes, pueblos sometidos, clases explotadas y hasta a las mujeres defenderse de forma violenta de la injusticia. Pero a los homosexuales, nunca. Y esa incapacidad de defenderse de las agresiones hace que, de algún modo, atacarlos me parezca como atacar a un niño. Me causa un fuerte sentimiento de repugnancia y odio.

Y para esa combinación no encuentro palabras.

Buscando una, me encontré con “homofilia”. De hecho, en inglés esa palabra se usó durante los años 50-70 con el mismo significado que le estoy dando yo: una defensa clara y sin compromisos de los derechos de los homosexuales, y un interés por su bienestar. Pero siempre se ha confundido con, y algunas veces se ha usado como sinónimo de, homosexual.

¿Podríamos recuperar el término homofílico? Para referirse la gente como yo, que sin ser homosexual disfruta como un chino de películas como “Pride“, de los cómics de Ralf König y de las canciones militantes de The Communards. La gente que está dispuesta en todo momento a apoyar y ayudar a la causa de la no discriminación contra los homosexuales (evidentemente me refiero tanto a gays como a lesbianas).

Asi que, desde aquí, esta humilde propuesta: El retorno a la homofilia.

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Algunas consideraciones básicas.

1. Foco

El foco de este aporte es el matrimonio legal constituído por dos personas del mismo sexo.

Es por tanto el matimonio legal, civil. No el religioso. El matrimonio religioso es una institución que tiene un significado religioso, no legal, y por tanto la ley tiene muy poco que decir al respecto porque la ley debe respetar la libertad religiosa de los ciudadanos. Precisamente por eso, cada ciudadano puede someter su concepto de matrimonio al arbitrio de organizaciones religiosas, las cuales pueden por supuesto organizar sus ritos y símbolos como mejor les parezca. Incluyendo, por supuesto, el poner condiciones que serían discriminatorias en un acto legal, pero que son simplemente libres y arbitrarias en un acto particular de unos particulares.

Estamos hablando, por tanto, de las leyes referentes al matrimonio civil, legal, que afectan a todos los ciudadanos, sean cuales sean sus creencias.

Estamos hablando, específicamente, del matrimonio formado por dos personas del mismo sexo, y por tanto llamado “matrimonio homosexual”. No es homosexual porque lo lleven a cabo homosexuales. Es homosexual porque es un matrimonio en que los dos contrayentes tienen el mismo sexo.

 2. Discriminación.

La discriminación por razón de sexo ante la ley es contraria a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “Artículo 7: Todos son iguales ante la ley (…). Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración.“. Esta Declaración ha sido aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas y es por tanto parte de la legislación de todo estado miembro de la ONU.

Además, la gigantesca mayoría de los países civilizados declara explícitamente en su Constitución la prohibición de toda forma de discrminación ante la ley por razón de sexo.

La prohibición del matrimonio homosexual, es discriminación por razón de sexo.

No es discriminación por razón de orientación sexual: Un gay siempre ha podido casarse, mientras fuera con una mujer. Una lesbiana también, mientras se casara con un hombre. La mayoría no quería, pero poder, podían. Un gay y una lesbiana también han podido siempre casarse, formando un matrimonio compuesto por homosexuales, pero no un matrimonio homosexual, como se ha indicado arriba.

Si un hombre puede casarse con una mujer, pero no con hombre porque éste es hombre, entonces lo que tenemos no tiene nada que ver con la orientación sexual de ninguno de los afectados. Es el sexo lo que está determinando la prohibición, no la orientación sexual. Por tanto, es discriminación ante la ley por razón de sexo.

3. Consecuencia.

Toda persona que defienda honestamente la no discriminación por razón de sexo ante la ley; y que no crea adecuado imponer las ideas religiosas de un grupo determinado a toda la sociedad, debe defender que el matrimonio pueda llevarse a cabo entre personas del mismo sexo.

Eso no depende de las demás creencias de ésa otra persona. Alguien puede ser un católico convencido, creer que la homosexualidad es perversa, creer que sólo el matrimonio católico es realmente válido, creer que los contrayentes de otro matrimonio irán al infierno por fornicadores (aunque sean heterosexuales), y estar convencido de que el que la homosexualidad es “abominable a los ojos de Dios”. Pero si cree que nadie tiene derecho a imponer sus ideas religiosas sobre los demás ciudadanos, y que la discriminación por razón de sexo ante la ley es inaceptable… debe defender la legalidad del matrimonio homosexual. No es una cuestión de elección: O defiende la legalidad del matrimonio homosexual, o renuncia al principio de no discriminación y al de aconfesionalidad (no “laicidad”) del Estado.

Igual que yo defiendo la legalidad de la Iglesia Católica, aunque me repugnan su ideología, métodos, fines, estrucura interna, mitos y acciones. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Como Voltaire, podemos a la vez detestar lo que alguien dice, y estar dispuestos a defender su derecho a decirlo.

4. El argumento de la degeneración.

Si permitimos que se casen dos hombres, entonces pueden casarse dos compañeros de piso que no se amen“.

Efectivamente, y se pueden casar de todas formas si son hombre y mujer. O por conseguir un pasaporte. O por pagar menos impuestos. O por tener una casa propia donde tener cada uno de ellos y por separado, sexo homosexual con otras personas.

Siempre ha existido la posiblidad de que dos personas usen el matrimonio de forma diferente a la tradicional, el matrimonio homosexual no cambia esa situación.

5. El argumento de la cabra.

“Si permitirmos el matrimonio homosexual, automáticamente deberíamos permitir el de tres personas, o de una persona y un cabra… ¿por qué no?”

Porque la no discriminación ante la ley por razón de número o especie no están en la Declaración Universal de los Derechos Humanos ni en ninguna Constitución. Por ejemplo.

Pero efectivamente, deberemos analizar estos casos con una mente abierta y ver cuándo y qué tiene sentido prohibir cada cosa. Y prohibir sólo cuando tenemos un motivo para ello.

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Una confesión en toda regla

Lo reconozco, me gusta el sexo contra natura. Uso con frecuencia órganos de maneras que la naturaleza (Dios, la evolución…) nunca habría previsto, y me gusta que las mujeres con las que tengo relaciones también lo hagan. Soy un pervetido: me confieso.

La mayor perversión la explicaré al final… empezaré por el pelo… ah, el pelo… me gustan las mujeres que se depilan las axilas. Ya sé, es terrible: La naturaleza ha creado al hombre y a la mujeres con axilas peludas, ¿quién soy yo para ponerla en duda? Pero no puedo evitarlo: me gustan así. Y lo que es más, para afeitarlas sé que las pobres se ven obligadas a usar hojas de afeitar, artefactos completamente artificiales producidos en fábricas, de metales extraídos con la ayuda de más máquinas… ¿dónde queda mi respeto por la naturaleza y sus axilas peludas? Mea culpa, mea culpa.

Uso los órganos de formas… antinaturales… reconozco que me gusta posar mis labios sobre los de una mujer. Los labios, que la naturaleza hizo para comer y como mucho para gritar “¡qué viene un león!”. Y yo los uso para mis abyectas perversiones antinaturales, eso que la gente del mundillo llamamos “beso”…

¡Y fetichista! Soy un sucio fetichista… me gusta que las mujeres lleven una cosa que se llama “zapatos” en los pies, que nada tiene que ver con la natural forma de andar a pie desnudo por las rocas, formando el natural callo que tienen todos los animales. Y me gusta que vayan… ¡¡vestidas!! Bueno, no siempre, a veces puedo controlarme, pero a menudo me agrada que se pongan… cosas… encima de sus naturales cuerpos. Cosas que, encima, no han hecho ellas mismas, sino que han comprado (¡en la naturaleza no existe el dinero!) y fueron fabricadas… en fin, no sigo, me es demasiado penoso.

E incluso… incluso… a veces me gusta que la mujer se ponga substancias colorantes en sus mejillas o en sus labios, en sus pestañas… ¡por todas partes, mi perversión no conoce límites!

¡Yo mismo, yo mismo! Recozco, confieso, que uso unos artefactos vagamente parecidos a un cáctus para quitar la mugre de mis dientes. La natural mugre, que se acumula dando lugar a la naturalísima generación de bacterias, caries, y hace que tengamos los dientes negros y naturalmente olorosos a los 30 y se nos caigan más o menos a los 40… ¡eso tan natural! Pues no, yo no puedo controlarme, y uso esos artefactos artificales que nunca se vieron en la naturaleza (“cepillos de dientes”, es el nombre en clave que usamos los pervertidos), y no una vez sino varias, incluso cada día… ¡a veces, más de una vez al día! ¡Es horrible!

Y me gustaría ocultarlo, pero… ¡no puedo! El efecto de esa perversión mía ya es visible, cada vez que abro la boca. Mis dientes no tienen la natural podredumbre propia de mi edad… son mucho más… jóvenes. ¡Pero eso no es todo! Me gusta que las mujeres con las que voy tampoco tengan la boca naturalmente podrida. ¡Que sean unas pervertidas como yo, y usen esos diabólicos “cepillos de dientes”! Vamos, que tengan unos dientes… jóvenes. ¡Soy un pederasta de dientes! ¡No tengo salvación!

Y finalmente… reconozco que me gusta realizar el acto sexual… en una cama. ¡¡No siempre, lo juro!! ¡A veces consigo controlarme y llevarlo a cabo en los bosques y praderas que la naturaleza nos ha dado! Pero muchas veces… acabo en… una cama. Un artefacto fabricado a base de trocear madera hasta hacerla irreconocible, con piezas de metal fundido y telas fabricadas… un artefacto que está hecho para pervertidos que no pueden dormir en el natural suelo… y yo lo pervierto una vez más y lo uso para… para… eso

Es horrible. Soy un pervertido. Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa

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Combinaciones, curiosidades y niveles de la sexualidad humana.

Cuando era muy niño creia que había dos sexos: Hombres y mujeres. A los hombres les gustaban las mujeres. Y a las mujeres les gustaban los hombres. El mundo era simple y las cosas estaban claras. Lo único que no estaba claro era por qué les gustaba hacer esas cochinadas el uno con la otra. Pero rápidamente eso también quedó claro.

Más o menos por esa época, la mano tonta de algunos adultos en mi rodilla me hizo plantearme que quizá no todo era tan simple, y le pregunté a mi madre sobre esos señores que se vestían raro y se paseaban por la calle el Día de San Cristóbal. Mi madre me aclaró algunas cosas. Hice más preguntas. Me aclaró más cosas. Hice más preguntas. Me entregó una edición bien nuevecita de “Sexualidad Humana” de Masters y Johnson y me dejó leyendo, fascinado.

Desde entonces el tema no ha dejado de interesarme. No ya a nivel práctico (que también) sino a nivel teórico. Y como me encantan las clasificaciones, he ido aprendiendo a diferenciar no sólo grados dentro de cada tema, sino niveles diferentes: temas diferentes.

En el ser humano y lo que le rodea (su ropa y su cuerpo) existen varios niveles de sexualidad:

La sexualidad genética, los genes. El hombre normal tiene cromosomas XY, la mujer XX. ¡Pero ahí no acaba la cosa! Existen personas con genes XYY y XXX. Estas variedades tienen efectos biológicos en mi opinión poco agradables.

La sexualidad fisiológica, los genitales y órganos “diferenciados”: El pecho, la vagina y los ovarios para las mujeres, y el pene y los testículos para los varones… pero… nacen hermafroditas, con ambos juegos de genitales (y ambos poco desarrollados). Existen los castrados, y también la gente que se opera para cambiar su sexo. Alguna gente tiene rasgos sexuales (como la barba) y otra no. Los hombres tiene pezones (¿para qué?).

La identidad sexual: Esto es, considerarse varón o mujer (¿o algo diferente?). Normalmente una persona con genes y órganos masculinos se considera hombre pero a veces no… y esto no es ningún capricho: los problemas que pueden surgir por “sentirse encerrado en un cuerpo ajeno” son muy graves; e incluso hay evidencia de que la estructura cerebral de una parte del hipotálamo de estas personas, corresponde con la del sexo “opuesto”.

La orientación sexual: No sólo hay heterosexuales y homosexuales. Realmente hay dos diferentes intensidades, mutuamente independientes: La atracción por uno, y por otro sexo. Hay gente que tiene una gran medida y la otra en pequeña… pero hay gente que tiene las dos en igual medida (“bisexuales”) y personas en que además esa medida es pequeña (“asexuales”).

Esa orientación sexual nada tiene que ver con la identidad: Un transexual (es decir, una persona cuya identidad sexual no corresponde con la biológica = genital + fisiológica) puede ser “homo” o “heterosexual”, donde para mí es un severo problema pensar cómo narices llamo a cada cuál: Si una persona de sexo biológico masculino se siente mujer, y le gustan los hombres… ¿es homosexual porque tiene sexo biológico masculino y le gustan los hombres, o es heterosexual porque se considera mujer y le gustan los hombres?

Casi valdría la pena dejar de hablar de hetero y homosexual para hablar de ginofílico y androfílico, dejando de lado si el sexo referido es “el otro” o “el propio”.

Además… así visto, esta “orientación sexual” no es más que un caso particular de “gusto sexual”, de “filia”: A tí te gustan las mujeres, al otro le gustan los transexuales gordos, y al de más allá los perros chihuaha castrados con botas de cuero. Hay gustos para todo, simplemente el gusto general por “las mujeres” o “los hombres” es más común.

El rol sexual en la sociedad: Indpendientemente de todo lo anterior, una persona puede sentirse más a gusto en las ropas, o con las maneras y forma de expresarse, que su cultura se asocian a otro sexo biológico. Aquí hablo por ejemplo de “transvestidos”, que de nuevo (¡sorpresa!) no tienen una orientación sexual definida: Del director de cine Eduard “Ed” Wood sabemos que se consideraba varón y era hetersexual, pero le gustaba transvestirse de todas formas. Y creo que más de un varón, sin problemas de identidad sexual, y heterosexual, disfruta de ese dia de carnaval en que puede vestirse como mujer. Aunque sólo sea por curiosidad.

Asi que… ¿cuántos sexos existen? Bien, los más comunes están claros, pero comparado con todo lo que la maravillosa psique humana es capaz de crear ¡me parece que la homosexualidad común es hasta aburrida! 😀

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Vaya por delante que soy un claro defensor de la igualdad de derechos de la mujer. Considero que hay muy pocos trabajos que se deban prohibir a una mujer (u hombre) por el hecho de serlo: el único que se me ocurre ahora mismo es “atención primaria a víctimas de una violación“, que debería estar vedado a los hombres para las víctimas de un hombre, por demostrados motivos psicológicos.

También me enfurecen el asesinato de bebés femeninos, las leyes discriminatorias contra la mujer, los “techos de cristal” en las empresas, y consideraciones absurdas destinadas a echar la culpa a la mujer víctima de una violación… si hay algo que me pone literalmente de los nervios, como han visto quienes me conocen de los foros de internet, es esto último.

Pero no me considero feminista: soy igualitarista. Si el feminismo significa la defensa de la igualdad de derechos, entonces apoyo el feminismo. Pero si el feminismo se convierte en el espejo del machismo, considero tan malo éste como el primero.

En el mundo moderno nos encontramos en una especie de “etapa de transición”: Algunas posturas siguen siendo netamente machistas, otras posturas son adecuadamente igualitaristas… y algunas se han pasado al otro lado, al lado del feminismo entendido como imagen especular del machismo.

Especial mención en esto merece el tema de las “cuotas” para una “discriminación positiva”. Estoy más bien (no del todo) en contra de tales cuotas, pero ya he escrito extensamente sobre esto en otra parte, asi que no merece la pena que me repita.

Pero hay otros ejemplos, aunque creo que se pueden agrupar bajo el mismo principio…

  1. Si una mujer le toca el trasero a un hombre, resulta simpático. Si un hombre le toca el trasero a una mujer, es un asalto sexual penado con la cárcel y el ostracismo.
  2. Si una mujer piropea a un hombre en la calle se la considera “liberada” y “alegre”, si un hombre hace lo mismo es un sucio machista.
  3. Si una propaganda incluye a una mujer vestida de cuero con el pie sobre un hombre yaciente, es una propaganda “sexy” y “provocativa” que por lo demás a nadie llama la atención. Si es el hombre el que pone un pie sobre la mujer yaciente, varios grupos feministas se ponen histéricos, se boicotea la marca, todos tiene que dar explicaciones y finalmente se retira.

Dicho muy brevemente, al modo de un humorista del que desgraciadamente no recuerdo el nombre: “¡quiero ser un hombre-objeto!“.

Ninguna feminista tiene derecho a imponer el punto de vista, de que utilizar o percibir a una mujer como objeto sexual es condenable y malvado, mientras que hacer lo mismo con un hombre es “fresco” y positivo. La mayoría de los hombres vemos a las mujeres, en determinadas circunstancias, como objetos sexuales… y la vez no nos molesta en absoluto (sino más bien nos halaga) que nos vean de la misma forma, en esas circunstancias.

En un estado liberal, son quienes desean prohibir los que deben demostrar que se está produciendo un daño objetivo.

El daño “al honor”, el “sentirse ofendido” no tiene mucho sentido en una sociedad liberal. “Me ofende ver a una mujer bajo el pie de un hombre” es algo que tiene tanta fuerza moral como “me ofende una imagen del Profeta Mahoma” o “me ofende ver a un congresista con turbante“: ninguna.

El congresista tiene derecho a llevar turbante, por mucho que a usted le ofenda, a menos que usted pueda demostrar que eso produce un daño objetivo. El dibujante tiene derecho a  pintar a Mahoma. Y la empresa, a contratar modelos que libremente se ponen en esa posición, y a hacer propaganda con eso.

Finalmente, como pueden imaginar, la feminista “simétrica” es absolutamente incapaz de convivir tranquila y pacíficamente con las parejas sadomasoquistas, ya que es incapaz de distinguirlas de parejas machistas (tema que ya traté en otra aportación). A menos, por supuesto, que la mujer sea la parte dominante (en cuyo caso probablemente aplaudirá).

Defiendo el igualitarismo, y seguiré defendiendo todas las luchas, tan necesarias, que están llevando a cabo mujeres (y algunos hombres) en todo el mundo contra la discriminación de la mujer. Pero no voy a aceptar que “un error soluciona otro”, que la respuesta a la discriminación es la discriminación de signo contrario, y no voy a aceptar que ver a otro ser humano como objeto de deseo, y expresarlo, sea inmoral.

El feminismo que se escandaliza ante esto, y que tan frecuentemente además, no se escandaliza ante las situaciones exactamente simétricas, es para mí nada más que feminismo molesto.

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Tras el aporte explicativo acerca de la naturaleza del sadismo, me sigue preocupando el tema del machismo, y cómo distinguirlos lo más claramente posible.

A nivel ideológico la cosa debería estar clara: El machismo es una ideología, la creencia de que los hombres son fundamentalmente diferentes a las mujeres, en aspectos que hacen positivo y esperable que sean tratados de forma diferente… una forma diferente que de hecho discrimina negativamente a las mujeres.

El discurso machista puede estar lleno de flores dirigidas a las mujeres, algo que ha cobrado fuerza desde que el humanismo consiguió hacer impresentable el discurso de simple inferioridad femenina. Hoy en día el machista “en ningún caso se considera inferiores” a las mujeres… sino “diferentes“, en una serie ininterrumpida de grandes características femeninas… ellas son “buena madres“, y como son tan “buenas madres“, lo lógico es que dediquen a los hijos todo su esfuerzo… son “sensibles“, tan “sensibles” que es mejor no molestarlas con cosas sucias como la política, o difíciles como la ciencia… etc, etc… es típico del machismo actual, el que no pare de denigrar y limitar a las mujeres con la fachada de estar alabándolas.

El sadismo moderno, en cambio, no hace diferencia alguna entre hombres y mujeres. El mismo Marqués de Sade era tan masoquista como sádico. En el sadismo, los “doms” varones y mujeres se consideran “hermanos” con los que compartir experiencias e ideas, y hay una corriente de solidaridad (y cuchicheos compartidos sobre las parejas “dom”) entre los y las masoquistas. La cultura BSDM está incluso obsesionada con la idea del consenso: Todo está permitido, mientras esté absolutamente claro que es consensuado, mientras no haya la mas mínima duda de que los participantes están actuando libremente. Ejemplos de esto son las “listas de chequeo” (“check lists”) que se preparan previamente, y las “palabras o signos de seguridad” (“safe words/signs”) que permiten interrumpir una actividad en cualquier momento.

Por tanto es fácil distinguir un machista de un sádico ¿verdad? El machista, sobre todo el caso extremo que es el maltratador, es una persona tradicionalista, de baja extracción social, que usa un discurso copiado de instancias tradicionales (como la Iglesia) y va por ahí defendiendo lo inferiores que son las mujeres en general (aunque no lo diga así directamente). El sádico es un hombre cultivado, parte de una cultura progresista y liberal donde hay personas de ambos sexos, que usa sofisticados sistemas para evitar cualquier actividad no consensuada. Pregunta respondida, respuesta fácil.

¿He comentado ya que no me gustan las respuestas fáciles?

Y es que, por supuesto, lo que he escrito aquí arriba es una solemne tontería. Muchos machistas son personas de extracción social media, e incluso alta. Y, sobre todo, me atrevería decir que muchos hombres viven experiencias sádicas perfectamente consensuadas de forma instintiva, usando códigos totalmente ajenos al código del látex y al carísimo club privado o la mazmorra. Códigos como “me pega, pero es porque me quiere” y como “a las mujeres hay que tratarlas así, si no no te respetan“.

Códigos netamente machistas, imposibles de diferenciar de los de un cerdo sin corazón o una mujer tan machacada por su cultura que acepta lo que la destruye.

Pero entonces: ¿cómo diferenciarlos?

Pongamos un ejemplo concreto: Pepe y Ana son dos jóvenes de una barriada pobre. Son novios. A veces, Pepe abofetea a Ana, y después hay sexo (-dolor-). A veces, Pepe humilla a Ana en público obligándola a decir “soy tu puta” (-humillación-). Cuando están solos en casa de Ana, Pepe le da órdenes superfluas a Ana (como “tráeme un vaso de agua”) y disfruta al ver cómo ella le obedece (-control-).

La tarea es distinguir entre: (A) Una relación machista y moralmente condenable y (B) una relación sadomasoquista que funciona de perlas, de forma instintiva.

El mejor criterio es, me parece: Miren a Ana.

El sádico moralmente aceptable, es un hombre que se preocupa por el bienestar de su pareja. Está seguro de sí, muy feliz de haber conseguido una relación que hoy por hoy no es fácil de establecer, y hace todo lo posible porque su pareja sea feliz. Y el resultado se ve: Ana es capaz de ironizar sobre Pepe cuando está con sus amigas. Ana tiene actividades y tiempo libre sin Pepe. Ana busca a Pepe. Ana sonríe cuando están juntos. Ana sigue teniendo las mismas aficiones que antes, y las mismas amistades, y tiene tiempo para ellas. Ana tiene planes de vida y de futuro, y habla sobre ellos. Puede que Ana disfrute con esas cosas que hace Pepe (masoquista) y puede que no, pero en todo caso no le fastidia la vida. Ana es feliz, y hay que dejar a Pepe en paz o felicitarlo.

El machista maltratador, en cambio, busca la aniquilación de la pareja porque es la única forma que tiene de sentirse seguro. Por supuesto, nunca lo consigue, y por eso sus ataques son periódicos, ya que se siente permanentemente inseguro. El machista intenta encerrar a su pareja en un mundo donde sólo exista él. Asi que Ana va perdiendo el contacto con sus amigas. Ana está cada vez más callada, y a veces tiembla o tiene frío sin motivo objetivo. Ana da la bienvenida a Pepe con una sonrisa nerviosa. Ana tiene la sensación de que lo hace todo mal. Ana no se atreve a criticar a Pepe ni siquiera la seguridad de su familia o amigas. Ana está siendo destruída como persona, y hay que coger al cerdo de Pepe y espabilarlo o encarcelarlo antes de que haga mas daño.

No es fácil reconocer todo esto. No es fácil rechazar la condena simple y rápida (“¿¡te abofetea!? ¡a la cárcel!“) y buscar y analizar qué está ocurriendo. No sólo no es fácil: Es arriesgado. La condena fácil es más segura a la hora de impedir el machismo más destructivo, y desde luego es más fácil de apoyar legalmente.

Pero el precio es condenar relaciones que realmente son consensuadas, constructivas, y felices, y que en un mundo donde tanto el sadismo como el machismo existen, van a ser confundidas con frecuencia con modelos machistas.

¿Merece la pena, la represión por la protección? ¿cuánta de cada? La pregunta acaba siendo si preferimos que alguna persona “sometida” sufra daños porque la ley no permite detener a tiempo al agresor, o preferimos que algún inocente (sádico) acabe en la cárcel porque la ley le toma por un agresor ¿admitiría la sociedad que se aplicara aquí el principio de que es preferible un culpable en la calle que un inocente en la cárcel?

¿Está preparada la sociedad para admitir que los sádicos modernos son personas como los demás, inocentes, que simplemente tienen gustos rarillos? ¿está preparada la sociedad para solidarizarse con ellos si la justicia los confunde con maltratadores, o el proceso de linchamiento sería imparable?

Preguntas difíciles, respuestas difíciles.

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Analizando una tendencia sexual.

Soy aficionado a la pornografía. Me interesa no sólo a un nivel de simple disfrute sino también a un nivel de análisis e historia. Me ha tocado vivir varias épocas en la evolución de la pornografía, incluyendo las últimas: La época californiana en los ochenta, los movimientos esteticistas de los noventa, y los movimientos amateur y sadomasoquistas de esta década (por cierto… ¿”los cero”? algún dia tendremos que ponernos de acuerdo con el nombre de esta década).

He observado con una combinación de preocupación e interés, sobre todo, el movimiento hacia el sadomasoquismo de la pornografía actual, y con una mezcla de humor y comprensión las reacciones que este movimiento ha provocado en una parte del feminismo que es incapaz de entender el concepto mismo de sadomasoquismo.

Me he dado cuenta mientras escribía este aporte, de que yo también tengo mis problemas con el concepto, y concretamente sobre la línea a veces sutil que separa el machismo puro y duro (que desprecio) del sadismo “moderno” o “cultivado” (que respeto). Sobre esto hablaré en otro momento.

Ahora, sin embargo, me gustaría dar mi perspectiva sobre qué es el sadomasoquismo. He investigado un poco el estado de la cuesión con algún conocido especialista, y he mirado por mí mismo la situación en la red, y he llegado a la conclusión de que o no existe un concepto claro, o yo al menos no lo he encontrado. Me refiero a un concepto claro moderno, claro, no de la época de la Psychopatia Sexualis (1886)… si alguien conoce algún recurso serio en la red sobre el tema, agracederé que me informe.

Mientras tanto, aquí va mi propuesta:

El sadismo en la sexualidad sería la tendencia (mayor o menor) a desear humillar, dañar y/o controlar a la pareja, como parte del juego sexual. Esa parte puede ser “todo”, o no serlo. El masoquismo sería el complementario: la tendencia a desear ser humillado, dañado y/o controlado, como parte del juego sexual.

SM = Dolor + Humillación + Control

Ahora podemos analizar algunas actividades sexuales, y ver dónde caen dentro de estas categorias:

  • Latigazos a una pareja atada: Alto dolor, bastante control.
  • Rociar con cierto líquido amarillo: Humillación.
  • Atar completamente a la pareja: Control.

Podemos hacer un diagrama con estas tres categorías. Cada uno de los ejes representa una de ellas. Los niveles positivos indican la tendencia a desea humillar, causar daño o controlar. Los niveles negativos la tendencia a desear ser humillado/a, sufrir daño o ser controlado/a.

En cada uno de estos ejes podemos colocar diferentes actividades. Por ejemplo:

Podemos representar también los gustos de cada persona, de acuerdo a las actividades que le suelen apetecer. Lo que implica cubrir un “volumen” en este diagrama… un volumen que, al menos me parece, estará normalmente dividido en dos: Un área “sádica” y un área “masoquista”. Tengan en cuenta que a la misma persona le puede gustar a veces una cosa, y a veces otra.

Consideremos por el ejemplo el caso de una persona cuyos gustos sexuales SM se podrían representar así:

El Caso de Cassia

Esta gráfica nos permite suponer algunas cosas. En principio, es una persona a la que de vez en cuando le apetece atar a su pareja (mucho control, poco dolor, poca humillación), pero no le gusta darle latigazos o humillarla. Le gusta mucho recibir dolor, y bastante la humillación y ser controlada.

Hasta aquí he tratado actividades bastante extremas, pero… ¿qué hay en las coordenadas más cercanas al eje, al punto central? ¿Qué es por ejemplo, el nivel de “humillar a la pareja” que le gusta realizar a la persona de la gráfica (un nivel bajo)?

Esto nos lleva a pensar en actividades bastante más cotidianas que caminar estilo perro por la casa…

  • Agarrar o ser agarrado, fuertemente, por las muñecas mientras se hace el amor (control).
  • Realizar o sentir una penetración lo bastante brusca o voluminosa como para que duela (dolor).
  • Insultar o ser insultado, durante el acto sexual (humillación).
  • Insultarse o escuchar como la pareja se insulta, durante el acto sexual (humillación).
  • Atar o ser atado por las muñecas con esposas o cuerdas (control).
  • Dar o recibir pellizcos fuertes en los pezones (dolor).
  • Dar o recibir palmadas en el trasero (dolor).
  • Tapar, o que se le tapen, los ojos con una venda (control).

De las personas con las que he podido hablar abiertamente de sexo, hay muy pocas a las que no les gusta al menos alguna de estar actividades. No se conciben, en nuestras sociedades, como “sadomasoquistas”. Pero están omnipresentes: En la publicidad, en las películas con supuestas escenas “tórridas”… y por supuesto, en la pornografía.

Eso no significa que no haya actividades que puntúen 0, desde luego: Hay sexo sin control, humillación ni dolor. Todo un mundo de posiblidades “vainilla” (así llaman los BDSM al sexo “normal”). Lo que lleva a preguntarse si el sadomasoquista disfruta de las actividades “que puntúan” de forma exclusiva o no. Es decir: ¿Les gusta a los sadomasoquistas el sexo vainilla? Por lo que he podido averiguar (viva www.alt.com y sus posiblidades de charla hasta para visitantes), a algunos sí, y a otros no.

La diferencia entre el sadomasoquismo y el sexo “normal”, por tanto, es una diferencia de grados: A algunas personas les gustan cosas más alejadas del eje de coordenadas, y a otras menos. A algunas les gustan las cosas cerca del centro del eje de coordenadas, y a otros no. Pero en general, si el “nivel de sadomasoquismo” se midiera de acuerdo al volumen ocupado por los gustos de cada uno de nosotros en la gráfica… yo al menos no conozco a nadie que puntuara “0”.

Y en ese sentido, “todos somos sadomasoquistas”.

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