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Posts Tagged ‘Estados Unidos de América’

Así es como me imagino el escenario: Adolf Hitler se vuelve moredano en invierno de 1938/1939.

Primero viene la ya mencionada etapa de “recuperación” de mi “ataque”, en este caso calculada como muy breve porque corro peligro de ser eliminado por algunos de mis colegas, especialmente Göring. Luego, la principal prioridad es prepararse para nuestra entrada en la Segunda Guerra Mundial, una guerra que desde mi humilde punto de vista comenzó en 1937. Considero que esa entrada, alas, es inevitable. Primero porque esto es una fantasía y otra cosa sería aburrida, pero también porque:

  • Es muy tarde ya, Hitler para entonces lleva planeando desde hace años esa guerra, que muchos nazis desean y muchos militares han planeado. Me arriesgo a un golpe de estado del que puede salir un régimen bastante más sangriendo que lo que yo intento hacer.
  • La economía alemana está profundamente endeudada y sólo puede sobrevivir con las restricciones que puedo imponer en tiempos de guerra, y con el botín. Un botín que espero considerable, y que incluye los trabajos forzados y el expolio de muchísima gente.

La preparación es a varios niveles:

  • Construír campos de trabajo masivos y funcionales, es decir, creados no para exterminar a la gente sino para que su trabajo sirva para sostenerla a ella y producir cosas útiles. Lo justifico con la enormidad de la guerra que está por venir (“necesitamos todos los brazos”) y el peligro del comunismo. De momento están casi vacíos… casi. Judíos y disidentes los van llenando (así mantengo mi perfil político) y mejorando… a algún nazi le puede extrañar que dedique tanto interés a la idea de que los prisioneros deben vivir decente y saludablemente en vez de matarlos a trabajar. Lo justifico diciendo que no sabemos cuánto tiempo los necesitaremos, y con ideas sobre la motivación como factor de productividad del trabajo.
  • Una intensa campaña, con medidas discriplinarias y reglamentos pero también publicidad y propaganda, para imponer dentro del ejército un código moral “caballeresco”. Uso para ello (como el Hitler histórico) la imagen del caballero teutónico medieval, y con eso suavizo la doctrina del darwinismo social: el débil debe ser sometido, sí, pero no ser asesinado. Suavizo así la postura inicial nazi y me esfuerzo por explicar también que “el mundo no entendería” que nos comportáramos “como salvajes” y que Alemania está muy sola en el mundo y no puede enemistarse con todos. Debemos demostrar que somos la civilización superior. La humanidad y el honor, la generosidad con el derrotado, forman parte de todo eso. “Cada soldado alemán es un caballero teutónico” y debe comportarse como tal. Se menciona la propaganda anti-alemana de la Primera Guerra Mundial como ejemplo de qué imagen no debemos dar.
  • Me esfuerzo por no perder más científicos. Eso puede muy bien incluír entrevistas discretas con científicos judíos, en las que afirmo que aunque me ha encantado usar el antisemitismo como argumento electoral, esa etapa ha pasado y ellos verán cómo la guerra significa el comienzo de la relajación. Explico mis ideas “sionistas”: Los judios son una raza inferior porque han degenerado por culpa de carecer de un estado propio durante siglos. Deben volver a obtener un lugar en el mundo, y eso les ayudará a integrarse con las demás naciones. Estas ideas, que de momento se expresan sólo en privado y sólo a muy poca gente, no me ganarán muchas simpatías, pero sí pueden reducir el terror / pánico que en estos momentos pueden estar sufriendo muchos de estos científicos. Dejo que Göbbels repita aquello de “nosotros decidimos, quienes son los judíos”, con un tono más civilizado y menos cínico que en la realidad.
  • El esfuerzo militar de investigación va a aquellas cosas que Moredan sabe que funcionarán: producción en serie de tanques (no necesariamente enormes), submarinos y caza-bombarderos de largo alcance, radares, sistemas de codificación, aviones a reacción, misiles y por supuesto, bombas atómicas. El material radioactivo lo consigo fácilmente por mi pacto con Stalin. No necesito mucho: cantidades mayores las obtendré de las colonias de la Francia de Vichy. Es por supuesto el programa más secreto de mi Wehrmacht.
    • Una palabra sobre Engima: Por un lado, fuerzo y exigo que los códigos sean aún más complejos de lo que fueron en la realidad (más cilindros). Por otro, limito de forma extrema la comunicación que vaya por ellos. Y eso, por supuesto, incluye un manual de uso que prohíbe usar ninguna palabra o expresión que no sea estrictamente necesaria. “Heil Hitler“, por ejemplo. Al mismo tiempo, hago mis esfuerzos para que se desarrolle, si puede ser, a tiempo, la criptogragía asimétrica y los ordenadores.
  • En la diplomacia, mi postura es claramente anti-comunista y de pleno apoyo defensivo a Japón. Pero no hago mucho al respecto, en público. En privado, le sugiero a Stalin que mi anticomunismo es de boquilla, pero mi diplomacia comienza campañas a nivel mundial de información sobre los horrores del comunismo, especialmente centradas en Europa Occidental y los EEUUA. Noten que escribo “información” y no “propaganda” – no necesito mentir sobre el estalinismo, y no lo hago ni dejo que se haga. La verdad basta y sobra. Por supuesto, al cabo de cierto tiempo (¿un año?) Stalins se enterará de que estoy detrás de muchas operaciones de información. Pero para entonces yo ya tendré el Uranio y Polonia y me importará bastante poco su opinión. En ese momento, mi anticomunismo se vuelve feroz y me preocupo de que la gente de bielorrusia, los paises bálticos y Ucrania lo sepan.
    • En otro frente, uso dinero y lobbismo lo más profesional posible, para ganarme a Washington. Contratos y buenas relaciones, visitas frecuentes, comprensión hacia los puntos de vista americanos (si hace falta uso el manido argumento de que “no estamos preparados para una democracia como la suya”, aunque esas cosas no deberían imprimirse en el Reich) y mucha mano izquierda.
    • Y en un tercer frente, el Reino Unido, procuro que la gente y sus políticos sepan que estoy deteniendo el desarrollo de la flota (= barcos), que respeto la ambición británica de “reinar sobre las olas”, y que me considero maltratado por una civilización a la que admiro. Es decir: juego al Kaiser. Siempre será mejor que la impresión que hemos dado hasta ahora. Si consigo llegar a Churchill, incluso con una entrevista personal (difícil de justificar, asi que puede que tenga que encargarse Ribbentrop o que lo hagamos por teléfono) en la que relativizo el antisemitismo, explico que imagino un mundo donde el RU domina las colonias y océanos y Alemania “lidera pacíficamente” la Europa continental, que rechazo que una guerra sea inevitable y que le pido que “sea razonable”. Vamos, soy cínico, mentiroso y por supuesto no tengo éxito, pero sí espero sembrarle de dudas para cuando las cosas se pongan feas.

Así las cosas, llega Septiembre. Y aquí lo dejo por hoy, más en la próxima.

 

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La cabaña del tío Tom es edificada en más de 300.000 corazones el mismo año de su publicación, 1852. El libro, escrito por Harriet B. Stowe (nacida y residente en Brunswich, Maine, al otro extremo del país) es quizás capcioso, quizás sensiblero… pero honesto, claro, un programa ideológico sin llegar a ser un panfleto. Su efecto es convertir la esclavitud, de un tema político, a un tema moral.

Hasta entonces ha sido un asunto para políticos. El obrero medio del norte no tiene simpatía hacia los negros, que trabajando con salarios de hambre le quita el trabajo. Pero, a gran escala, norte y sur tienen intereses económicos opuestos. El norte ama el proteccionismo, que le permite usar al sur y al resto del continente como mercado. El sur desea el libercambismo, que le permite vender el algodón a los mercados europeos. La prosperidad de ambos se basa en el equilibrio, que en el Senado es delicado. La existencia o inexistencia de esclavitud decide si el desarrollo económico en cada nuevo Estado se orienta hacia uno u otro de éstos grupos de interés. Cada Estado son dos votos.

El equilibro de 11 contra 11 se pone en peligro por primera vez en 1820. Missouri es el nuevo Estado, y es esclavista. Como solución de compromiso, se crea un nuevo Estado (Maine), escindido del norte. 12 contra 12. Los anti-esclavistas del momento no quieren acabar con la “institución especial” (como se llama a la esclavitud en el sur, muestra de que el lenguaje nunca es inocente), pero sí quieren impedir que se extienda. Sólo en 1831 nace el Abolicionismo, una palabra creada por William L. Garrison en su nuevo periódico “The Liberator” para los que, como él, desean imponer el fin de la esclavitud a los Estados del sur.

Esto, de llevarse a cabo de forma inmediata, sería una debacle económica para los esclavistas del sur. Bien es cierto que sólo 2000 familias tienen más de 300 esclavos, bien es cierto que sólo una tercera parte de los dueños de tierras tienen esclavos (de 10 a 12 mil dueños, por cierto, son negros), bien es cierto que, con los precios del momento (un esclavo vale entre 300 y 600 dólares, entre 10 y 20 mil dólares actuales) casi nadie tiene esclavos en las ciudades… pero la economía del sur entera depende para equilibrar su balanza de pagos de la explotación de algodón a bajo precio. El resto, es agricultura, una economía resistente a las crisis pero pobre. El número de esclavos supera los 3,5 millones de personas… ¿personas? Los esclavos son objetos, legalmente. No pueden ni casarse, ni tienen por supuesto derecho a voto: sin embargo, el sur obtiene escaños en el Parlamento con ellos (se añaden 3/5 de la población esclava a la libre para calcular escaños).

¿Cómo se ha llegado hasta ése nivel de hipocresía y maldad? Los esclavos llegan primero como sirvientes: “Indentured Servants”, al igual que muchos criminales, así como pobres que no podían pagar el pasaje, desde Europa. Una servidumbre que no les quita todos los derechos, que tiene como límite temporal el pago de la deuda. Muchos llegan voluntariamente. Otros llegan a través del mercado de esclavos africano, donde al esclavo se le permite integrarse, incluso casarse.

Llegan 15 millones entre 1619 a 1808 (cuando los EEUUA prohíben la importación) a toda América. La gran mayoría, sin embargo, a Latinoamérica. Es a lo largo de todo el siglo XVII cuando la esclavitud va tomando su forma definitiva, separada por razas, justificada en la Biblia (Noé declaró esclavo a su hijo Ham, el Nuevo Testamento exige someterse “con todo respeto” incluso a los amos “crueles” – 1 Pedro 2:18), justificada también por otros argumentos racistas (“necesitan civilizarse”, “no saben hacer otra cosa”).

En 1854 estalla la crisis: Nebraska y Kansas son los nuevos Estados, el norte ya tiene la mayoría pero ésta no llega a los dos tercios. Nebraska será antiesclavista. Kansas se sume en el caos: Terrorismo y contraterrorismo, la presión de ambos bandos es horrible. John Brown y sus “desesperados” se dedican a matar a todo el que se manifieste a favor de la esclavitud (acabará en la horca). Por fin, el Partido Demócrata impone la elección de los propios Estados. Ambos entran como estados sin esclavos. El sur se siente amenazado en su forma de vida y amenaza con la secesión. Elecciones: En Noviembre de 1860, Abraham Lincoln es elegido.

Lincoln, un abogado de Illinois, hombre hecho a sí mismo, racista como casi todo el mundo, entregado a la defensa de los débiles contra los poderosos, sencillo y honesto, no es tampoco un radical. De hecho, probablemente ni siquiera es abolicionista. El lema de su campaña es “Salvad la Unión”. Él lo dice claramente: “Sobre la esclavitud se puede negociar, sobre la la Unión no.”. Su postura es clara, desde luego: Cree que la esclavitud desaparecerá por sí sola, que su utilidad económica se ha reducido, que no debe extenderse si es posible… está en contra, pero no ha venido a imponer nada a nadie.

Pero en el Sur reina la histeria. El nuevo Presidente, elegido con un modesto 40% de los votos, es llamado “el Orangután de Illinois”, el “major gilipollas de los EEUUA”, “sucio”, “amigo de los negros”. Lincoln es, ante todo, el primer presidente del Partido Republicano, un partido que nace con la intención de ser centralista, industrial, y antiesclavista. Todo lo que el sur odia. Cuando Lincoln asume el mando, la división ya se ha consumado: Los Estados Confederados de América proclaman presidente a Jefferson Davis, heredero, terrateniente… esclavista.

El sur comienza la guerra, explulsando a los militares leales al norte. Lincoln reacciona levantando un ejército de 75.000 voluntarios, eliminando el “habeas corpus” (lo que pone a los ciudadanos a merced de los militares, algunos pasarán años en prisión por haber dado un viva a Davis) y bloqueando navalmente al sur. Hay una primera batalla… gana el sur. Una larga guerra ha comenzado.

Lincoln repite una y otra vez, que la Unión debe ser restablecida, pero no toma ninguna posición respecto a la esclavitud, para permitir al sur una salida honrosa. En París y Londres, y en el propio Washington, los movimientos abolicionistas, decepcionados, le llaman cobarde. Por otro lado, los gobiernos de la Vieja Europa padecen el fin de las importaciones algodoneras… si ha de ser una guerra por la secesión, la secesión es legal. La Vieja Europa, atenta a la legalidad, cuidadosa de sus negocios, es perfectamente capaz de mirar hacia otro lado en lo que respecta a la moralidad… recuerde el lector que seguimos en el S.XIX.

Finalmente, el 22 de Septiembre de 1862, Lincoln declara el fin de la esclavitud con efecto al 1 de Enero del año siguiente. Los motivos son varios: Sus prejuicios racistas desaparecen con el contacto con representatnes negros de movimientos abolicionistas. Las esperanzas de un arreglo pacífico se esfuman. Y Europa amenaza con reconocer la Confederación: Los movimientos antiesclavistas, a partir de ahí, conseguirán impedirlo.

La otra evolución de Lincoln es menos brillante. Una vez tomada la decisión, Lincoln no desea ya cualquier paz, sino la victoria: A pesar de los crecientes problemas para conseguir recultas que defiendan “a los negros” (mucho menos motivados que los del sur, que defienden su estilo de vida, incluso una forma de entender el mundo), problemas que incluirán horrorosos disturbios con centenares de muertos y la artillería naval bombardeando Nueva York (la película de M. Scorsese “Gang of New York” los muestra con claridad), problemas que exigen reclutar a jóvenes y padres de familia inmigrantes directamente salidos de los barcos… a pesar de todo esto, Lincoln rechaza en 1864 una delegación venida de Richmond (capital del sur) para negociar una paz honorable.

Para entonces, el sur ha perdido toda esperanza. La costa ha sido arrasada por William T. Sherman, general que la recorre de punta a punta en 1863 con la misión de “arrasar todo lo que pueda ser útil al enemigo”. Sin ya oposición militar alguna, se pasea primero por Gerogia. A sus soldados se les permite el pillaje. Un oficial indica a sus hombres “lo que no os podáis llevar, destruídlo”. Sherman mismo declara: “Cuando viaje a Carolina del Sur, será uno de los hechos más horribles de la Historia del Mundo.”. Cumple su palabra: Junto a las casas de los blancos, la cabaña del tío Tom es arrasada por soldados de la Unión.

El 9 de Abril de 1865, el General en Jefe Lee capitula ante el General Uylsses S. Grant de la Unión. Grant muestra su grandeza: Deja los caballos y las armas a los vencidos, les entrega 25.000 raciones de comida (una por cabeza). Lincoln vuelve a Washington, conseguido su objetivo. Quiere una paz con perdón, una paz con reconciliación. El Ministro de Defensa Edwin Stanton se opone: Los culpables deben ser castigados, y el sur el culpable. Seis días después de la capitualción de Lee, Lincoln es asesinado en nombre del sur. Con él muere la política de reconciliación: Jefferson Davis es metido en la cárcel, Lee sin embargo se salva por la protección personal de su némesis Grant. Andrew Jackson, el nuevo Presidente, intenta mantener la línea reconciliadora pero Stanton se impone. Reparaciones de guerra, ocupación militar… las heridas dejadas por Stanton y Sherman permanecen aún en la memoria colectiva del sur.

Los negros vuelven al trabajo, generalmente a sueldo de sus antiguos amos. Económicamente los cambios son menores de lo esperado, pero mayores en cuanto a posibilidades, derechos… el derecho a voto, sin embargo, no llegará en todos los Estados de la Unión hasta 1965.

Un millón de hombres ha ido a la guerra. De ellos, la tercera parte está mutilada o muerta. En total, 618.000 muertos entre civiles y soldados. Jefferson Davis, tras dos años en prisión sin ser acusado, es liberado, ante el temor de que un tribunal pudiera declarar legal la secesión. El precio de la liberación de los esclavos ha sido un horror… ¿comparable a la esclavitud misma? Eso… se lo dejo al lector.

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Postdata:

He intentado en estas aportaciones, por un lado, mostrar algunos aspectos importantes de la historia de los EEUUA que pueden ayudar a entender las posiciones de éste país. Por otro lado, tanto títulos como temas han sido escogidos con toda la intención del mundo: En este foro {ver abajo} se ha hablado de la liberación de Iraq, de los terroristas internacionales, de los fundamentalistas islámicos… algunos han exclamado “¡maldita Francia!”… y tampoco olvido las veces en que nos hemos llamado unos a otros “hijos de puta” y cosas peores. También desde esta óptica, la de las palabras, y la de su significado real y consecuencias, he pretendido mantenerme en el tema de este foro, bien cierto que con una aproximación indirecta.

Sería bonito que aquellos que generalmente no comparten mis puntos de vista sobre esta guerra también consideraran interesante esta serie concreta. En todo caso, he hecho lo que he podido, y nadie está obligado a más 🙂 .

A todos, salud y buen día.

(este aporte fué escrito en 2003, poco antes de la invasión de Irak, y publicado en los foros del periódico ABC)

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Observo cada día, varias veces al día, las protestas en Egipto contra el régimen dictatorial de Hosni Mubarak.

Desde que comenzaron las protestas en Túnez, tuve que constatar un primer error mío: en contra de lo que yo pensaba, ya hay sociedades árabes maduras para la democracia más allá del Líbano. Yo pensaba que el Líbano (donde hay una suerte de “burocracia con influencias democráticas”) era un caso único, y que para el resto de países árabes todavía estaba pendiente un cambio de ideas que pasaba, sobre todo, por la creación un paradigma firme de Islam democrático. Me equivoqué. Las minorías intelectuales pro-occidentales (que han existido siempre) se han convertido ya en mayorías pro-democráticas (y ya no tan intelectuales, ni tan pro-occidentales) en al menos algunos de esos países.

Sin embargo, aposté a que fracasarían. Volví a equivocarme por pura ignorancia del estado del Ejército en Túnez, que resultó decisivo. Asistí al final del régimen de Ben Ali con absoluta sorpresa y brillante alegría. Y observé, por primera vez en mucho tiempo, a los EEUUA arriesgando sus intereses en defensa de la democracia. Creo que es algo que no ocurría desde Carter. También observé el silencio estupefacto de la Unión Europea, las declaraciones tardías y tibias de Francia, y los juzgué con blandura porque supuse que muchas cancillerías europeas estarían todavía tan sorprendidas como yo y digiriendo los acontecimientos.

Ahora creo que las posibilidades de una revolución así dependen de varios factores específicos de cada país… uno de ellos es el miedo que provoque el posible régimen futuro, lo que depende sobre todo del papel que los islamistas y comunistas tomen en las revueltas. El otro es hasta qué punto el ejército esté unido a los intereses del régimen presente. He vuelto a mirar la situación en Yemen, Líbano y sobre todo Egipto. Y de nuevo, soy pesimista: no creo que vayan a surgir a corto plazo nuevos cambios democráticos como en Túnez.

Sin embargo, veo como de nuevo los EEUUA arriesgan por la democracia, presionando a Mubarak para que garantize la libertad de expresión, reunión y prensa. Sabiendo perfectamente que eso sí pondría en peligro al régimen (y que por tanto, no van a hacerlo) y amenazando con cortas las ayudas económicas (lo que aisla a Mubarak). Dentro de lo que cabe, dentro de lo que una potencia puede hacer, los EEUUA están arriesgando de nuevo, y más que nunca, contra sus propios intereses cortoplacistas y por la democracia y los intereses a largo plazo.

Y de nuevo, la Unión Europea se calla. Su silencio es estruendoso y esta vez no encuentro ninguna excusa. Sus cálculos pueden ser tan pesimistas como los míos, pero ocurra lo que ocurra, es ahora el momento de mostrar que una potencia defiende unos ideales y no sólo a una comunidad o a un grupo de empresas. La Unión está orgullosa de sus ideales, y con razón, pero su política exterior cobarde se hace cada vez más difícil de justificar.

Si me equivoco por tercera vez, si Egipto se convierte en una democracia, lo que habrá comenzado es mucho más que una nueva “revolución de los Jazmines”: habrá comenzado la revolución democrática árabe. Una perspectiva mareante y fascinante. Pero ocurra lo que ocurra, los egipcios no olvidarán quién estuvo a su lado, y quién prefirió no arriesgar sus negocios con la dictadura. La Uníón debería tomar partido, y tomarlo rápido.

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Pensamientos sobre las caídas inevitables.

Cuando un sistema ha degenerado hasta que ya es más negativo que positivo, y uno cree que no hay ninguna posibilidad real de que mejore, se plantea la dificultad de elegir entre una agonía lenta pero suave, o una corta pero brutal.

Dos ejemplos controvertidos:

  • Considero que los Estados Unidos de América están abocados a una decadencia inevitable, que incluye la destrucción de la clase media, el afianzamiento de la plutocracia, y el fin de su supremacía internacional. Acompañado y seguido todo ello de un notable empobrecimiento y del incremento de la religiosidad.
  • Considero que la llamada Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana está abocada a una decadencia que toma la forma de radicalismo moral, pérdida de medios humanos, relevancia social y número de adherentes, hasta caer en un estado más o menos catatónico sostenido sólo por su potente capacidad económica.

En ambos casos, no creo que haya ninguna solución posible. Ambos sistemas son, en mi opinión, incapaces de cambiar de forma que se impidan estas derivas:

  • Un Papa capaz de renovar la Iglesia ya no puede ser elegido, porque los cardenales son ultraconservadores y están alejados de la realidad. A su vez, cardenales realmente progresistas no pueden ser nombrados, porque no llegará el Papa que lo haga. El sistema está cerrado y se destruirá a sí mismo sólo tras arrastrar a la SICAR a la práctiva irrelevancia.
  • Del mismo modo, un Presidente capaz de renovar completamente a los EEUUA no puede ser elegido. Nunca llegaría ni a senador o congresista. Para alcanzar esos puestos ya hay que tener unas características políticas de compromiso con las fuerzas plutocráticas actuales, que no permiten que ése sujeto realmente suponga ningún cambio. Mucho menos un presidente, que necesita de una poderosa maquinaria económica detrás para poder ser nominado como candidato, y elegido como presidente.

En sistemas como éstos, lo único que puede hacerse es apoyar a aquellos que ralentiazarán o (con suerte) detendrán por un tiempo la caída… o bien a aquellos que la acelerarán.

Y ¿qué es mejor? La pregunta queda abierta: cuanto más rápidamente se produzca la caída, más brutal será, pero también, más pronto será posible “empezar de nuevo”: la destrucción puede ser constructiva. Puedo vislumbrar los movimientos que pueden llevar a unos EEUUA humillados y sometidos al arbitrio de nuevas grandes potencias, a reinventarse a sí mismos. Y las fuerzas de catolicismo de base que pueden “tomar la Bastilla” vaticana movidos por la simple desesperación.

¿Cuánto daño estamos dispuestos a aceptar, aquí y ahora, para acelerar esos nuevos comienzos?

Cuando fué elegido Joseph Ratzinger, por ejemplo, no supe si entristecerme o alegrarme. Por un lado, la SICAR que representa va a provocar (está provocando) mucho más daño que si se hubiera elegido, por ejemplo, Carlo Maria Martini. Pero por otro lado, gracias precisamente a esa dirección destructiva, la SICAR perderá muchísimo más autoridad, adherentes, e influencia… y acelerará su propia “caída” y posterior recuperación.

Es difícil decidirse. Supongo que no hay norma general. Tiendo a creer que la SICAR podría decaer de forma más amigable y provocando menos daño, mientras que en el caso de los EEUUA… “cuanto peor, mejor”.

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Algunos nombres tristemente graciosos, por un motivo u otro.

Los Estados Unidos, por ejemplo. Todos sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de los Estados Unidos. Se trata de un país. Concretamente, un país de habla portuguesa, situado en Sudamérica, y que contiene la Selva Amazónica: Los Estados Unidos del Brasil, es el nombre completo.

Pero en realidad nos podríamos estar refiriendo a otros Estados Unidos, que están también en América pero mucho más al norte. La patria del chili con carne y el chocolate, de orgulloso pasado azteca. Los Estados Unidos de México, es su nombre completo.

Y hay otros Estados Unidos, creo recordar, en alguna parte…

También me provoca una sonrisa triste el nombre antiguo (o presente, ver Corea del Norte y China) de las Repúblicas Democráticas Populares. Que generalmente no eran ni repúblicas, ni democráticas, ni populares. A eso lo llamo un “innombre”. Otro maravilloso ejemplo es la Organización de las Naciones Unidas (más bien R.E.G., Reunión de Estados a la Greña).

Y mención aparte merece la Santa (si, claro…), Iglesia (“ekklessia”, comunidad) Católica (“universal”, he he…) Apostólica (más bien “Paulina”) y Romana. Quitando todo lo que no es, queda más bien “la Romana”, lo que me remite a la imagen de la SICAR como una mujer de las mal llamadas de vida alegre. “La Coja”, “la Rusa”, y “la Romana”, que hacen la calle hasta en los duros días de invierno.

Bueno, los partidos políticos suelen dar también ejemplos interesantes, empezando por el magnífico Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano. Manténganlo en la boca un rato, a ver cómo sabe esto… partido… revolucionario… institucional…

Mención aparte merecen los nombres pueden ser tomadas con cierta chacota, como la Central de Inteligencia Americana… no sé si conocen el chiste: “¿Cómo sabemos que la CIA no tuvo nada que ver con el atentado a Kennedy? Bueno, el tipo está muerto ¿no?…“.

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Eisenwoher, durante su discurso de despedida en 1961   Los Estados Unidos de Norteamérica se han metido en un conflicto que no pueden ganar. Ganaron la guerra, pero no podrán ganar la paz. Después de Vietman, Irak supondrá la segunda derrota de los EEUUA.Suena bien.Sin embargo, considero que no es cierto.

En su discurso de despedida como presidente en 1961, el general y héroe de guerra Drwight D. Eisenhower advirtió a su pueblo de que la Segunda Guerra Mundial había creado un “complejo militar-industrial” que podía acabar destruyendo la democracia y acumulando el poder. Ese discurso debería ser obligatorio en las escuelas, y creo que de hecho lo sería si no fuera porque ahora ya es demasiado tarde: la lúcida advertencia de Eisenhower se ha hecho realidad.

Los EEUUA son en estos momentos un sistema de gobierno mixto en el que, si hay una faceta más relevantes que las demás, es la de la plutocracia. Si alguien domina los EEUUA, ése alguien es el “complejo militar-industrial” en el que sin embargo se han producido algunas ampliaciones (ciertos medios de comunicación, y ciertos grupos de presión).

La democracia existe: es otra faceta; pero no tiene en absoluto el peso que tienen estos intereses económicos. Es como si la democracia en su conjunto tuviera dos votos… los sistemas republicanos de control mutuo otros dos… y el dinero, cinco. Como si fuera éste gremio de nueve votos quien decidiera lo que se hace y lo que no… democrácitamente… por mayoría…

Si la totalidad de la población de los EEUUA estuviera, de forma natural e instintiva, en contra de algo, pero la totalidad de los intereses económicos lo requirieran, estos últimos se encargarían de convencer por la “fuerza bruta” de la propaganda a una parte los ciudadanos, y de acallar o neturalizar al resto. Y se haría ese algo. De eso no me cabe la menor duda, de hecho es lo que creo que ha ocurrido en Irak. Creo que, libres de la influencia de los medios, ningún ciudadano (o casi ninguno, dejémoslo así) habría apoyado esa invasión. Habrían surgido las preguntas simples: “Qué nos ha hecho ese Saddam a nosotros? Por qué no nos centramos en Osama Bin Laden? Cuánto va a costar esto? Y cuántos muertos?“.

Quien ha llevado a cabo la Guerra de Irak no ha sido, por tanto, el pueblo norteamericano. Tampoco ha sido el resultado de un impulso que surgiera en el Gobierno. Ambos participantes han hecho lo que la dinámica plutocrática les exigía: (a) crear una amenaza que permitiera gastar más dinero público en operaciones militares y adquisición de armamento, usando el miedo creado en la población (b) consumir recursos militares, para poder justificar su renovación usando dinero público (c) tener la excusa para ocupar un país y controlar sus recursos petroleros (d) obtener con la costosa ocupación de tal país una buena justificación para gastar más dinero público, esta vez en la ocupación misma y la subsiguiente “reconstrucción”.

Y ha funcionado. De perlas. Los intereses que provocaron la Guerra de Irak, han obtenido muy substanciosos beneficios con toda la operación, y los costes asociados (recordémoslos: decenas de miles de muertos, inestabilidad regional, destrucción de un país, aislamiento internacional, debilitamiento de los organismos y leyes internacionales, déficit público…) no los asumen las empresas que han provocado esa guerra: están plenamente externalizados.

Asi que que nadie piense que los EEUUA van a “aprender” ninguna “lección”. Se irán cuando sea demasiado complicado sacar dinero manteniendo la ocupación, pero no sin haber dejado antes completamente satisfechos a los impulsores de la guerra. Ha sido una magnífica inversión, a repetir en cuanto haya ocasión.

Misión cumplida.

Hip – hip – hurra.

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